—Esto es bueno.
—Sí... los trenes son buenos. Nos gustan.
—Quiero decir... Sería genial poder recorrer el país así, sin destino fijo, sin ahorrar aguinaldos, sin turismo. Como subirte a un 88 a ver hasta dónde llegás, pero evitando autopistas y embotellamientos.
—Si querés llegar a Lobos, sí. Pero la historia argentina ya se ocupó de privar a nuestra generación de la aventura a 40 kilómetros por hora.
—¿En qué estaban pensando?
—Seguro estaban drogados.
—Yo sé que es tema quemado el de todo tiempo pasado fue mejor, pero me cuesta creer a alguien más nostálgico que un argentino. El otro día el Turco me hizo ver Medianoche en París, que está buenísima, pero me hacía pensar lo lejos que estaban los tiempos deseados de los yanquis y parisinos. Acá es como que todo se siente más a flor de piel. No es que no me produzca romanticismo todo eso del siglo pasado, pero me produce más tristeza lo que no alcancé a disfrutar mejor... no sé si se entiende.
—Pasa que los yanquis y europeos formaron sus culturas a partir de sus ganancias. Bélicas, económicas, tecnológicas, bla, bla, bla. Nosotros, sudacas, nos formamos a partir de las pérdidas. Desde el principio de nuestra nación perdimos tierras, posibilidades, industrias, ídolos y esperanzas. Con el tiempo, ya sea ganando, ya sea perdiendo, todo se va complejizando y volviendo más engañoso... las guerras, la economía, la tecnología, la tierra, las ideas. Pero es mucho más fácil extrañar la simpleza del tiempo pasado cuando te la pasaste perdiendo, que cuando te la pasaste creyéndotelá.
—¿En algún punto dirán todos lo mismo, con sus variaciones culturales?
—Sí, seguro. ¿Quienes te creés que somos?
—Nosotros y algunos otros más.
Llevaríamos una hora de viaje, tiempo preciso para dejar de saber dónde nos encontrábamos. La Pola ya había sacado un libro que mantenía cerrado sobre sus piernas esperando un momento más lúcido.
—¿Cuántas horas son hasta Mar del Plata?
—No vamos a Mar del Plata. Este tren llega hasta Carmen de Patagones.
—Genial... ¿qué?
—Perdoná que no te dije nada, pero te ibas a poner nerviosa y me ibas a poner nerviosa a mí y todo junto iba a levantar sospechas. Por suerte, todos estaban tan colgados como vos.
—¿Dónde queda Carmen de Patagones?
—Ni idea, de geografía cero. Pero suena a sur.
—Sí, suena a sur... Frío...
—La próxima estación es Bahía Blanca.
—Ya me parecía raro que hubiera salido tan temprano...
—En realidad, salió tarde. Diez horas de retraso. De ahí la mala onda de la gente.
—Patagones... frío...
Me temblaban las rodillas. Tal vez fueran los nervios, pero además hacía un frío de cagarse, aunque Julieta parecía no notarlo. Se arremangó el único suéter que llevaba, se descalzó y, milagrosamente, sacó un termo y un mate de su ínfima mochila.
—¿Eso es de verdad? —me emocioné, todavía algo atontada por el hielo interno.
—Sí, tenía uno de fantasía pero me lo robó un unicornio mientras me distraían los cronopios del vagón de adelante.
Todavía no habíamos juntado las fuerzas necesarias para estirar las piernas, pero del vagón de adelante llegaba una música de bombos y charangos que todos parecían disfrutar con alegría. Me arrepentí de no haber llevado la guitarra.
El paisaje todavía era mediocre, pero la Pola se abstraía entre mate y mate mirando a través de la ventanilla puntos lejanos a los que nadie más llegaría y sonriendo cada tanto. Me desquiciaba su tranquilidad y empecé a recordar por qué no nos veíamos más seguido.
—Che, ¿por qué no vamos a acoplarnos con los músicos de ahí adelante?
Julieta volvió en sí con un espasmo, me miró seria y con un único gesto me pidió: "por favor, no me hagas sociabilizar en este momento de júbilo divino. Andá vos, hacete amigos nuevos, dejame acá sola con mi principio antisocial y después contame".
—¡Daaale! Cinco minutos sólo. Por la música.
—Cinco minutos —se resignó al ver que no funcionaba su mirada de gato con botas.
—Tal vez hasta sean de la buena gente...
—Genial. Me gusta de la buena, lo que me molesta es la gente.
—¿Una sonrisa?
Julieta me mostró los dientes y abandonamos el vagón.
Cruzar al siguiente fue como pasar por la puerta del tronco de un árbol en medio de un bosque silencioso y lúgubre, a un circo Carrolliense. Seis pares de asientos enfrentados albergaban a la que parecía la familia más numerosa y feliz del norte argentino. Me paralicé en el medio del pasillo al ver tantos chiquilines señalando asombrados edificaciones modestas por la ventana, ancianos contadores de historias, jóvenes cantores y padres despreocupados. Fue como encontrar a mi propia familia pero en una versión más criolla y con menos estupefacientes. Contra todo pronóstico, Julieta se entusiasmó en seguida, tal vez por la misma razón que me intranquilizó. A ella le caía bien mi familia.
21 enero 2015
19 julio 2012
Treinta y uno
En algún momento de la madrugada, todos nos dormimos desparramados por los rincones de la casa. Pero en lo que pareció un rato después, Tomás me despertó con un almohadonazo en la cara.
—¡¿Qué hacés, pelotudo?!
—¿No te tenés que ir vos?
Busqué desesperadamente un reloj en cada punto del living, olvidando que en esa casa el tiempo no existe.
—Son las seis y veinte recién, te avisaba nomás.
Me volví a desplomar sobre el puff en el que había dormido, con un suspiro. Quise seguir durmiendo, pero la ansiedad del viaje me atacó ahí nomás. Mis viejos dormían abrazados en el sillón, con Brunito acurrucado al lado de ellos. Me quedé un rato mirándolos, enternecida, hasta que me terminé de despabilar y me levanté de un salto.
Julieta estaba en la cocina, tomando mate, absorta en la lectura de un diario de hacía 3 semanas atrás.
—¿Dormiste algo?
—¡¿QUÉ?! —gritó la Pola como si estuviera al lado de un bafle a todo volumen—. Perdón, ¿qué decías?
—Te preguntaba si dormiste algo —respondí riendo—. Sabés que ese diario es viejo, ¿no?
—Sí, sí, pero viste que las noticias cambian a la par de las modas, dos veces al año dependiendo del clima. Mientras tanto, es todo lo mismo, en todos lados, la misma tendencia, día tras día. Hoy es el frío, las olas polares, el dólar que sube, las gripes mortales, la inseguridad... Mañana es el calor, las alertas naranjas, el dólar que sube, los nuevos cánceres, la inseguridad... En el medio algún crimen en un country, o un escándalo entre gente poderosa y no mucho más.
—Guía para el hipocondríaco, un fascículo por día, en todos los quioscos.
—¿Cree padecer una enfermedad mortal? ¿Piensa que lo asesinarán en la próxima esquina? ¿Fantasea con el suicidio porque sus negocios no van bien? Mil millones de razones para temer por su vida y algunas más, pídaselo a su canillita amigo.
Estuvimos un rato boludeando con el periodismo y la desinformación, riéndonos tan fuerte que logramos despertar a mis viejos aún siendo de mañana. A las siete y cuarto, nos tomamos los últimos mates y nos despedimos de todos, con abrazos apurados entre corridas entrecortadas.
—Chau, ma.
Lo dije sin darme cuenta, como naturalmente, y me quedé helada por dentro, aunque me hice la boluda por fuera. Agarré mi bolso rápidamente y la alcancé a la Pola que ya estaba en la vereda, antes de que se cerrara la puerta por el viento. Llegué a verla a Virginia parada en el living, con los ojos llorosos, sonriendo y saludándome. Y sin perder más tiempo nos fuimos a tomar el tren.
—¡¿Qué hacés, pelotudo?!
—¿No te tenés que ir vos?
Busqué desesperadamente un reloj en cada punto del living, olvidando que en esa casa el tiempo no existe.
—Son las seis y veinte recién, te avisaba nomás.
Me volví a desplomar sobre el puff en el que había dormido, con un suspiro. Quise seguir durmiendo, pero la ansiedad del viaje me atacó ahí nomás. Mis viejos dormían abrazados en el sillón, con Brunito acurrucado al lado de ellos. Me quedé un rato mirándolos, enternecida, hasta que me terminé de despabilar y me levanté de un salto.
Julieta estaba en la cocina, tomando mate, absorta en la lectura de un diario de hacía 3 semanas atrás.
—¿Dormiste algo?
—¡¿QUÉ?! —gritó la Pola como si estuviera al lado de un bafle a todo volumen—. Perdón, ¿qué decías?
—Te preguntaba si dormiste algo —respondí riendo—. Sabés que ese diario es viejo, ¿no?
—Sí, sí, pero viste que las noticias cambian a la par de las modas, dos veces al año dependiendo del clima. Mientras tanto, es todo lo mismo, en todos lados, la misma tendencia, día tras día. Hoy es el frío, las olas polares, el dólar que sube, las gripes mortales, la inseguridad... Mañana es el calor, las alertas naranjas, el dólar que sube, los nuevos cánceres, la inseguridad... En el medio algún crimen en un country, o un escándalo entre gente poderosa y no mucho más.
—Guía para el hipocondríaco, un fascículo por día, en todos los quioscos.
—¿Cree padecer una enfermedad mortal? ¿Piensa que lo asesinarán en la próxima esquina? ¿Fantasea con el suicidio porque sus negocios no van bien? Mil millones de razones para temer por su vida y algunas más, pídaselo a su canillita amigo.
Estuvimos un rato boludeando con el periodismo y la desinformación, riéndonos tan fuerte que logramos despertar a mis viejos aún siendo de mañana. A las siete y cuarto, nos tomamos los últimos mates y nos despedimos de todos, con abrazos apurados entre corridas entrecortadas.
—Chau, ma.
Lo dije sin darme cuenta, como naturalmente, y me quedé helada por dentro, aunque me hice la boluda por fuera. Agarré mi bolso rápidamente y la alcancé a la Pola que ya estaba en la vereda, antes de que se cerrara la puerta por el viento. Llegué a verla a Virginia parada en el living, con los ojos llorosos, sonriendo y saludándome. Y sin perder más tiempo nos fuimos a tomar el tren.
03 febrero 2012
Treinta
Sin ningún tipo de preámbulos, nos tomamos el 98 a Constitución. A medida que nos íbamos acercando, mi medidor de esperanzas se iba vaciando. No íbamos a conseguir ningún tren de larga distancia hasta la semana que viene. La Polaca me iba a arrastrar igual e íbamos a terminar en Claypole. Uno no se puede ir así como así. La vida urbana no es tan fácil. Es una prisión.
Sin embargo, cuando llegamos, nos dijeron que antes de medianoche salía un tren a Mar del Plata. Por supuesto, estaba repleto. Pero salía otro a la mañana siguiente. Sacamos los pasajes inmediatamente. Aunque no teníamos intención de terminar en la Costa, nos arriesgamos.
Como estábamos cerca, decidimos pasar la noche en la casa de mis viejos, de paso, para avisarles que me iba.
Estaban todos juntos en el living jugando al TEG. También Tomás jugaba, aunque un poco molesto porque nadie más se lo tomaba tan en serio. La Pola se sumó a la batalla ocupando el lugar de mi viejo, quien me llevó a la cocina porque quería hablar conmigo seriamente (por primera vez en la vida).
—¿En qué cosas raras anduviste todo este tiempo?
—Nada, me perdí un poco pero ya volví. No hay necesidad de revolver nada, es cosa olvidada.
El viejo me miró muy fijamente, frunciendo el entrecejo. Pero se ve que no encontró nada de qué preocuparse, porque finalmente asintió convencido.
—Me parece bien. ¿Así que te nos escapás de vuelta?
—No pretendo escaparme, quiero viajar nada más. Salir un rato de Floresta y volver con los pulmones más limpios.
—Bah, de los pulmones no te preocupes. Acá lo único importante es mantener limpias las orejas.
Me reí. Pero me reí con melancolía. Lo extrañaba a mi viejo. Lo tenía en frente en ese momento, y aún así lo seguía extrañando. La miré desde lejos a Virginia y también la extrañé un poco. Nunca me había disculpado con ella, aunque ella tampoco había hecho lo propio conmigo.
Es una sensación muy extraña la de dejar de llamar "mamá" a la madre. Pero más extraño es, después de tantos años, sentir la necesidad de volver a hacerlo. Sin ninguna razón aparente. Tenía ganas de ir a abrazarla y decirle: "Mamá, me voy de viaje". Una estupidez. Tan estúpido que bajé la cabeza avergonzada a pesar de que mi viejo no tenía idea de lo que yo estaba pensando. Ni siquiera me estaba mirando, porque ya estaba silbando, abstraído en lo suyo.
Le pegué cariñosamente con el puño en el hombro y le sonreí. Él volvió de su ensimismamiento y suspiró exageradamente.
—Cuidate, nena.
Sin embargo, cuando llegamos, nos dijeron que antes de medianoche salía un tren a Mar del Plata. Por supuesto, estaba repleto. Pero salía otro a la mañana siguiente. Sacamos los pasajes inmediatamente. Aunque no teníamos intención de terminar en la Costa, nos arriesgamos.
Como estábamos cerca, decidimos pasar la noche en la casa de mis viejos, de paso, para avisarles que me iba.
Estaban todos juntos en el living jugando al TEG. También Tomás jugaba, aunque un poco molesto porque nadie más se lo tomaba tan en serio. La Pola se sumó a la batalla ocupando el lugar de mi viejo, quien me llevó a la cocina porque quería hablar conmigo seriamente (por primera vez en la vida).
—¿En qué cosas raras anduviste todo este tiempo?
—Nada, me perdí un poco pero ya volví. No hay necesidad de revolver nada, es cosa olvidada.
El viejo me miró muy fijamente, frunciendo el entrecejo. Pero se ve que no encontró nada de qué preocuparse, porque finalmente asintió convencido.
—Me parece bien. ¿Así que te nos escapás de vuelta?
—No pretendo escaparme, quiero viajar nada más. Salir un rato de Floresta y volver con los pulmones más limpios.
—Bah, de los pulmones no te preocupes. Acá lo único importante es mantener limpias las orejas.
Me reí. Pero me reí con melancolía. Lo extrañaba a mi viejo. Lo tenía en frente en ese momento, y aún así lo seguía extrañando. La miré desde lejos a Virginia y también la extrañé un poco. Nunca me había disculpado con ella, aunque ella tampoco había hecho lo propio conmigo.
Es una sensación muy extraña la de dejar de llamar "mamá" a la madre. Pero más extraño es, después de tantos años, sentir la necesidad de volver a hacerlo. Sin ninguna razón aparente. Tenía ganas de ir a abrazarla y decirle: "Mamá, me voy de viaje". Una estupidez. Tan estúpido que bajé la cabeza avergonzada a pesar de que mi viejo no tenía idea de lo que yo estaba pensando. Ni siquiera me estaba mirando, porque ya estaba silbando, abstraído en lo suyo.
Le pegué cariñosamente con el puño en el hombro y le sonreí. Él volvió de su ensimismamiento y suspiró exageradamente.
—Cuidate, nena.
Veintinueve
El Turco me despertó a eso de las 3 de la tarde con un desayuno delivery: cortado en tazón y tostadas con manteca. Era su forma de decirme: "Date cuenta de lo que te vas a perder cuando te vayas", como si fuera cosa de todos los días.
Pero después de una larga despedida en piyama, comencé a preparar el viaje. Bolso, documentos, más cosas en el bolso, otra vez los documentos, por las dudas, y nuevamente el bolso. No sabía a dónde iba a ir, así que intenté llevar un poco de todo para estar preparada ante cualquier situación.
Al rato estaba tocándole el timbre a la Polaca, que me abrió diez minutos después medio dormida y en pantuflas.
—¿Tenés algo preparado? —le pregunté.
Me respondió con un sonido ronco sin despegar los labios. No estaba del todo despierta todavía. Así que la seguí, sin articular palabra, hacia el interior de su departamento. Inmediatamente se puso a cebar unos mates y recién después del tercero o cuarto volvió a la vida.
—Bueno, ¿para dónde querés ir?
—Ni idea, no me importa mucho la verdad, a cualquier lado.
—Joya, entonces vamos en tren.
Julieta no tenía nada preparado, pero antes de decidirse a armar su bolso, prefirió descomprimir el mío, cuestión que en el fondo le agradecí muchísimo, porque no estaba muy segura de cuán lejos podría llegar con semejante equipaje.
—¿No tenés una carpa?
—No, no, no, no, no. Nada de carpa —le advertí de inmediato—. A no ser que me consigas una que incluya sommier y aire acondicionado, olvidate de andar en carpa conmigo.
—Pero mirá que yo no tengo plata como para andar durmiendo bajo techo mucho tiempo...
—Yo pago todas las comodidades que hagan falta, pero olvidate de la carpa.
La Pola se resignó y yo me tranquilicé. Tenía ganas de viajar, pero no de hippie aventurera, al menos no en ese momento. Simplemente quería salir un rato a ver qué hay más allá de todo esto que pasa acá. Descansar de este quilombo sin la necesidad de meterme en otro. Buscar aire, paz y un cielo un poco más nítido.
Unas dos horas después, ya estábamos ambas dispuestas y ansiosas por emprender viaje e irnos a la mierda. Quedaba el detalle de ver si salía algún tren hacia cualquier parte esa noche, y desde qué estación, pero el olor a libertad se sentía tan próximo que opacaba el resto de nuestros sentidos.
—¿Qué nos falta? —me preguntó la Pola, mirando a su alrededor como si en cualquier momento fuera a aparecer frente a sus ojos lo que se olvidaba.
—Creo que ya estamos.
—¿Tenés celular?
—Nop.
—Entonces ya estamos.
Pero después de una larga despedida en piyama, comencé a preparar el viaje. Bolso, documentos, más cosas en el bolso, otra vez los documentos, por las dudas, y nuevamente el bolso. No sabía a dónde iba a ir, así que intenté llevar un poco de todo para estar preparada ante cualquier situación.
Al rato estaba tocándole el timbre a la Polaca, que me abrió diez minutos después medio dormida y en pantuflas.
—¿Tenés algo preparado? —le pregunté.
Me respondió con un sonido ronco sin despegar los labios. No estaba del todo despierta todavía. Así que la seguí, sin articular palabra, hacia el interior de su departamento. Inmediatamente se puso a cebar unos mates y recién después del tercero o cuarto volvió a la vida.
—Bueno, ¿para dónde querés ir?
—Ni idea, no me importa mucho la verdad, a cualquier lado.
—Joya, entonces vamos en tren.
Julieta no tenía nada preparado, pero antes de decidirse a armar su bolso, prefirió descomprimir el mío, cuestión que en el fondo le agradecí muchísimo, porque no estaba muy segura de cuán lejos podría llegar con semejante equipaje.
—¿No tenés una carpa?
—No, no, no, no, no. Nada de carpa —le advertí de inmediato—. A no ser que me consigas una que incluya sommier y aire acondicionado, olvidate de andar en carpa conmigo.
—Pero mirá que yo no tengo plata como para andar durmiendo bajo techo mucho tiempo...
—Yo pago todas las comodidades que hagan falta, pero olvidate de la carpa.
La Pola se resignó y yo me tranquilicé. Tenía ganas de viajar, pero no de hippie aventurera, al menos no en ese momento. Simplemente quería salir un rato a ver qué hay más allá de todo esto que pasa acá. Descansar de este quilombo sin la necesidad de meterme en otro. Buscar aire, paz y un cielo un poco más nítido.
Unas dos horas después, ya estábamos ambas dispuestas y ansiosas por emprender viaje e irnos a la mierda. Quedaba el detalle de ver si salía algún tren hacia cualquier parte esa noche, y desde qué estación, pero el olor a libertad se sentía tan próximo que opacaba el resto de nuestros sentidos.
—¿Qué nos falta? —me preguntó la Pola, mirando a su alrededor como si en cualquier momento fuera a aparecer frente a sus ojos lo que se olvidaba.
—Creo que ya estamos.
—¿Tenés celular?
—Nop.
—Entonces ya estamos.
18 julio 2011
Veintiocho
Mientras el Turco no paraba de preguntarme cómo era eso de que me iba mañana, yo no podía dejar de pensar en el viejo. Y ahora ya no era sólo la incredulidad de su fuga, sino su relación con mi abuela.
Me fui a la cama sin ganas, no tenía ni un poco de sueño, pero prefería tener al Turco alejado. Me puse a recordar en todas las ocasiones en que los vi juntos al viejo y mi abuela. No eran muchas. Y sí, solía ser amable con ella, aunque no de una forma que llamara mucho la atención por lo visto. No existía en mi cabeza evidencia alguna de que hubiera pasado algo entre ellos. Pero, ¿por qué tenía una foto de mi abuela en el aparador? ¿Habría estado enamorado de ella en secreto? Pero, entonces, ¿por qué en el aparador a la vista de cualquiera? Tampoco era de tener muchas visitas. De hecho, no tenía visitas. Nunca. Tal vez por eso no le importaba tenerla a la vista. Podría tener un busto de ella en la cocina que nadie lo notaría. Pero no dejaba de ser extraño. Era tarde y al día siguiente me iría no sabía hacia dónde. Pero no dejaba de ser extraño.
Entonces creí escuchar algo. Entonces estuve segura de escuchar algo. Me levanté de la cama y fui hasta la puerta de entrada. Acerqué el oído. Acerqué el oído un poco más. Y otro poco más. Y más y más. Pero nada. Así que abrí la puerta de golpe, y ahí estaba Néstor Iribarne, el viejo. Tenía puesto un gorro de lana negro y unas zapatillas deportivas. Suspiré largamente y fui a abrazarlo. Le pregunté dónde había estado, pero su mecedora comenzó a moverse frenéticamente y no pude más que dejarme arrastrar hacia atrás, hasta chocar contra mi propio colchón.
En ese momento el sol estaba muy arriba, pero preferí seguir durmiendo.
Me fui a la cama sin ganas, no tenía ni un poco de sueño, pero prefería tener al Turco alejado. Me puse a recordar en todas las ocasiones en que los vi juntos al viejo y mi abuela. No eran muchas. Y sí, solía ser amable con ella, aunque no de una forma que llamara mucho la atención por lo visto. No existía en mi cabeza evidencia alguna de que hubiera pasado algo entre ellos. Pero, ¿por qué tenía una foto de mi abuela en el aparador? ¿Habría estado enamorado de ella en secreto? Pero, entonces, ¿por qué en el aparador a la vista de cualquiera? Tampoco era de tener muchas visitas. De hecho, no tenía visitas. Nunca. Tal vez por eso no le importaba tenerla a la vista. Podría tener un busto de ella en la cocina que nadie lo notaría. Pero no dejaba de ser extraño. Era tarde y al día siguiente me iría no sabía hacia dónde. Pero no dejaba de ser extraño.
Entonces creí escuchar algo. Entonces estuve segura de escuchar algo. Me levanté de la cama y fui hasta la puerta de entrada. Acerqué el oído. Acerqué el oído un poco más. Y otro poco más. Y más y más. Pero nada. Así que abrí la puerta de golpe, y ahí estaba Néstor Iribarne, el viejo. Tenía puesto un gorro de lana negro y unas zapatillas deportivas. Suspiré largamente y fui a abrazarlo. Le pregunté dónde había estado, pero su mecedora comenzó a moverse frenéticamente y no pude más que dejarme arrastrar hacia atrás, hasta chocar contra mi propio colchón.
En ese momento el sol estaba muy arriba, pero preferí seguir durmiendo.
Veintisiete
Pero antes de mañana pasaron cosas.
Cuando llegué a casa, el Turco me estaba esperando en el pasillo del piso. La puerta del vecino estaba abierta y se escuchaba que adentro había gente. Le pregunté al Turco qué pasaba.
—Parece que desapareció el viejo.
—¿Desapareció?
—Está prófugo —y esto me lo dijo con exagerada intención, esperando mi reacción.
—¿Prófugo? —mi reacción fue la esperada—, ¿cómo puede estar prófugo un viejo de mil años en silla de ruedas? ¿Prófugo de qué?
—No sé, nadie habla mucho acá.
Sonó el teléfono de casa, así que el Turco entró a atender. Yo me quedé en el pasillo pispeando un poco, tratando de escuchar algo. Al rato se me acercó un policía y me dijo algo, pero no lo oí. Focalicé toda mi energía en tratar de entenderlo. Se me hacía muy difícil.
—¿Conocía al señor Iribarne?
Ahí está. Claro que lo conocía. Era mi mejor pesadilla.
—¿Conocía al señor Néstor Iribarne? —repitió el policía.
Sí, sí. Aunque conocer conocer, bueno, no. Pero siempre fuimos vecinos.
—¿Me escucha? ¿Habla español? ¿Tiene algún problema?
En eso volvió el Turco.
—Disculpe, es que no habla con policías.
—¿Perdón?
El Turco se lo llevó al rincón más alejado (que estaba ahí nomás) y le dijo algo en voz baja. Yo me metí en el departamento y cerré la puerta.
El viejo prófugo. Era algo que no me entraba en la cabeza. Siempre estaba de mal humor, pero de ahí a tener una razón para fugarse... Era muy loco todo. Y yo que me estaba yendo justo cuando el asunto se volvía interesante.
—Tienen que hacerte algunas preguntas —me dijo el Turco cuando volvió.
—No.
—Sí.
—No.
—¡Ana!
—¿Qué?
—No seas infantil.
Puse cara de niña ofendida.
—Yo hago de intermediario.
Puse cara de niña feliz.
Entonces yo lo miraba al Turco, el Turco miraba al policía, el policía me hacía preguntas, yo le respondía en el oído al Turco y el Turco traducía en voz alta y clara. A nadie le hacía gracia, sólo a mí.
—¿Cuándo lo vio por última vez?
El Turco acercó su oreja, pero yo no dije nada. El Turco me miró, pero yo estaba pendiente de otra cosa. Me acerqué a la puerta vecina, casi entrando. Desde adentro me gritaron algo, pero yo estaba absorta mirando el aparador del living del viejo, donde había una foto enmarcada de mi abuela.
Cuando llegué a casa, el Turco me estaba esperando en el pasillo del piso. La puerta del vecino estaba abierta y se escuchaba que adentro había gente. Le pregunté al Turco qué pasaba.
—Parece que desapareció el viejo.
—¿Desapareció?
—Está prófugo —y esto me lo dijo con exagerada intención, esperando mi reacción.
—¿Prófugo? —mi reacción fue la esperada—, ¿cómo puede estar prófugo un viejo de mil años en silla de ruedas? ¿Prófugo de qué?
—No sé, nadie habla mucho acá.
Sonó el teléfono de casa, así que el Turco entró a atender. Yo me quedé en el pasillo pispeando un poco, tratando de escuchar algo. Al rato se me acercó un policía y me dijo algo, pero no lo oí. Focalicé toda mi energía en tratar de entenderlo. Se me hacía muy difícil.
—¿Conocía al señor Iribarne?
Ahí está. Claro que lo conocía. Era mi mejor pesadilla.
—¿Conocía al señor Néstor Iribarne? —repitió el policía.
Sí, sí. Aunque conocer conocer, bueno, no. Pero siempre fuimos vecinos.
—¿Me escucha? ¿Habla español? ¿Tiene algún problema?
En eso volvió el Turco.
—Disculpe, es que no habla con policías.
—¿Perdón?
El Turco se lo llevó al rincón más alejado (que estaba ahí nomás) y le dijo algo en voz baja. Yo me metí en el departamento y cerré la puerta.
El viejo prófugo. Era algo que no me entraba en la cabeza. Siempre estaba de mal humor, pero de ahí a tener una razón para fugarse... Era muy loco todo. Y yo que me estaba yendo justo cuando el asunto se volvía interesante.
—Tienen que hacerte algunas preguntas —me dijo el Turco cuando volvió.
—No.
—Sí.
—No.
—¡Ana!
—¿Qué?
—No seas infantil.
Puse cara de niña ofendida.
—Yo hago de intermediario.
Puse cara de niña feliz.
Entonces yo lo miraba al Turco, el Turco miraba al policía, el policía me hacía preguntas, yo le respondía en el oído al Turco y el Turco traducía en voz alta y clara. A nadie le hacía gracia, sólo a mí.
—¿Cuándo lo vio por última vez?
El Turco acercó su oreja, pero yo no dije nada. El Turco me miró, pero yo estaba pendiente de otra cosa. Me acerqué a la puerta vecina, casi entrando. Desde adentro me gritaron algo, pero yo estaba absorta mirando el aparador del living del viejo, donde había una foto enmarcada de mi abuela.
03 mayo 2011
Veintiséis
Yo la quiero muchísimo a Miru, la conozco desde que tengo noción de ser. Aunque no la entiendo del todo y ella no me entiende demasiado a mí, es mi mejor amiga. Pero en ese momento en especial, necesitaba de la ayuda de otra persona.
Cuando le conté que me pensaba ir de viaje sola y sin tener un destino programado, se puso histérica. Qué cómo iba a viajar sola. Qué cómo así como así, de un día para otro. Qué cómo no tenía nada planificado. Yo me esperaba todo esto, porque la conozco bien. Pero cuando se ofreció a acompañarme (y yo lo rechacé porque era una verdadera locura, tanto por su situación como por nuestra amistad), me dejó algo intranquila. Matías, resacoso pero de vuelta a su parquedad habitual, me miró serio y me pidió que me cuidara mucho. Y a mí me agarró el cagazo.
En el viaje de vuelta a mi casa me acordé de ella. La única persona que podía ayudarme en ese momento. Necesitaba alguien a quien no le importara nada y en quien pudiera confiar ciegamente. Y Julieta era la persona perfecta.
—Hola, ¿Polaca? —saludé a través del tubo de teléfono.
—¿Quién habla?
—Anabella... de la murga Los Atolondrados...
—¿Anabella? ¿Anabella "Tuca" Decoud? ¡¿Qué hacés, loca, tanto tiempo?!
—La misma... Acá ando, con cosas. En realidad, te llamo para pedirte un favor.
—Lo que quieras, Tuca, decime —Julieta siempre me llamó Tuca, pero nunca le pregunté la razón.
—Me quiero ir de viaje. No sé a dónde, no sé cuándo, nada más me quiero ir. Necesito cambiar el aire, ventilar la cabeza, olvidarme un poco de muchas cosas y empezar a llenar el bocho con otras. Pero no sé, me agarró como cosa viajar sola así de repente... Y, no sé, pensé en vos, que sé que te gustan estas cosas...
—Cuando quieras —me interrumpió de repente—. Prepará el bolso, venite para casa y nos vamos mañana.
Y mañana nos fuimos.
Cuando le conté que me pensaba ir de viaje sola y sin tener un destino programado, se puso histérica. Qué cómo iba a viajar sola. Qué cómo así como así, de un día para otro. Qué cómo no tenía nada planificado. Yo me esperaba todo esto, porque la conozco bien. Pero cuando se ofreció a acompañarme (y yo lo rechacé porque era una verdadera locura, tanto por su situación como por nuestra amistad), me dejó algo intranquila. Matías, resacoso pero de vuelta a su parquedad habitual, me miró serio y me pidió que me cuidara mucho. Y a mí me agarró el cagazo.
En el viaje de vuelta a mi casa me acordé de ella. La única persona que podía ayudarme en ese momento. Necesitaba alguien a quien no le importara nada y en quien pudiera confiar ciegamente. Y Julieta era la persona perfecta.
—Hola, ¿Polaca? —saludé a través del tubo de teléfono.
—¿Quién habla?
—Anabella... de la murga Los Atolondrados...
—¿Anabella? ¿Anabella "Tuca" Decoud? ¡¿Qué hacés, loca, tanto tiempo?!
—La misma... Acá ando, con cosas. En realidad, te llamo para pedirte un favor.
—Lo que quieras, Tuca, decime —Julieta siempre me llamó Tuca, pero nunca le pregunté la razón.
—Me quiero ir de viaje. No sé a dónde, no sé cuándo, nada más me quiero ir. Necesito cambiar el aire, ventilar la cabeza, olvidarme un poco de muchas cosas y empezar a llenar el bocho con otras. Pero no sé, me agarró como cosa viajar sola así de repente... Y, no sé, pensé en vos, que sé que te gustan estas cosas...
—Cuando quieras —me interrumpió de repente—. Prepará el bolso, venite para casa y nos vamos mañana.
Y mañana nos fuimos.
Veinticinco
—Lo que pasa es que Lucas tenía esas cosas. Involuntariamente, siempre andaba con historias así, que si se las contás a cualquiera no te cree, pero a Lucas le pasaban. Casi todos los temas de la banda que escribíamos nosotros salían de historias así, no teníamos ni que pensar. La del "Yuta ortiva" también, pasó de verdad una tarde a la salida de la cancha. Lucas estaba re loco y no podía parar de reírse, de cualquier cosa se reía. Bajaba un escalón y se reía, pasaba un cocacolero y se reía. Estaba muy loco ese día. Y a la salida, cuando pasamos la congestión, queda como parado al lado de un policía que estaba ahí, tranquilo, viendo que no pasara nada. Pero viste lo que son los canas. Lucas lo mira y se entra a cagar de risa, y yo lo agarro y como que me lo quiero llevar, pero el chabón estaba que no podía más, no podía parar de reírse, se retorcía. Y el poli se re ortivó, imaginate. Todo el diálogo que está en la canción es cien por ciento real, Lucas dándole una lección al rati sobre la magia de la risa, y el otro que cada vez se calentaba más, hasta que terminamos en cana, claro. Y ahí adentro se seguía riendo, todo golpeado y sangrando pero feliz, y seguía predicando sobre la risa y qué se yo. ¡Pero cómo predicaba! Te digo que cuando quería era un poeta el loco.
—Me acuerdo de la primera vez que me llevó a la cancha. Yo no entendía nada, todos lo saludaban, parecía un famoso. Me preguntaba; ¿quién será este chabón? Capaz que era famoso posta y yo ni enterada. Una vez estaba caminando por la calle y me para un tipo, un gordo enorme con una cara de tierno que al principio ni me fijé. Me saluda y me dice: ¡Vos sos la cábala! Me empecé a alejar, medio perseguida, pero igual le pregunté qué onda. Me dice, sí, vos sos la cábala, la novia del loco. Era un hincha de Racing, y como las tres veces que lo había acompañado a Lucas a la cancha, habían ganado, el gordo me tenía por cábala. Era terrible, fui un par de veces a ver a Racing de la mano de Lucas y ya me reconocían por la calle...
Nos quedamos hablando un rato sobre Lucas. Recordando todas esas cosas que eran tan Lucas. Como que, cuando nadie miraba, le tiraba fernet al mate y después se quedaba tomando solo, porque era una inmundicia. O cuando nos quedábamos tomando y fumando hasta que se hacía de día y de repente se levantaba y se iba a la facultad porque tenía un examen. Decía que rendía mejor después de una noche de joda. O cómo volvía locos a los testigos de Jehová que siempre había por el barrio de Mati y Miru. Pero yo más que nada recordaba su risa. Lucas tenía una de esas risas que contagian, que te dan ganas de reír con él en cualquier momento y sin ninguna razón, aunque los ratis no lo entiendan.
En medio de eso nos quedamos dormidos. Así nomás, en la cocina. Matí en su silla caída y yo en la mesada, con la cabeza apoyada en el calefón. Y no volvimos a abrir un ojo hasta el atardecer, cuando se despertó Miru y decidió que nadie podía dormir si ella no lo hacía.
—Me acuerdo de la primera vez que me llevó a la cancha. Yo no entendía nada, todos lo saludaban, parecía un famoso. Me preguntaba; ¿quién será este chabón? Capaz que era famoso posta y yo ni enterada. Una vez estaba caminando por la calle y me para un tipo, un gordo enorme con una cara de tierno que al principio ni me fijé. Me saluda y me dice: ¡Vos sos la cábala! Me empecé a alejar, medio perseguida, pero igual le pregunté qué onda. Me dice, sí, vos sos la cábala, la novia del loco. Era un hincha de Racing, y como las tres veces que lo había acompañado a Lucas a la cancha, habían ganado, el gordo me tenía por cábala. Era terrible, fui un par de veces a ver a Racing de la mano de Lucas y ya me reconocían por la calle...
Nos quedamos hablando un rato sobre Lucas. Recordando todas esas cosas que eran tan Lucas. Como que, cuando nadie miraba, le tiraba fernet al mate y después se quedaba tomando solo, porque era una inmundicia. O cuando nos quedábamos tomando y fumando hasta que se hacía de día y de repente se levantaba y se iba a la facultad porque tenía un examen. Decía que rendía mejor después de una noche de joda. O cómo volvía locos a los testigos de Jehová que siempre había por el barrio de Mati y Miru. Pero yo más que nada recordaba su risa. Lucas tenía una de esas risas que contagian, que te dan ganas de reír con él en cualquier momento y sin ninguna razón, aunque los ratis no lo entiendan.
En medio de eso nos quedamos dormidos. Así nomás, en la cocina. Matí en su silla caída y yo en la mesada, con la cabeza apoyada en el calefón. Y no volvimos a abrir un ojo hasta el atardecer, cuando se despertó Miru y decidió que nadie podía dormir si ella no lo hacía.
Veinticuatro
Eran las diez de la mañana. Un poco más, un poco menos. Había una luz que venía de alguna parte, pero yo todavía veía un poco borroso para llegar a entender dónde estaba. Quise levantarme lentamente, pero me di la parte posterior de la cabeza contra algo muy duro. Entonces me desperté de repente y vi que tenía mi cabeza y gran parte de mi cuerpo debajo de la cama de Miru. Me arrastré con torpeza hasta salir de ahí. Miru, claro, estaba toda despatarrada sobre la cama revuelta.
No me había despertado por casualidad, no eran horas dignas para hacerlo. Algo había sonado allá afuera. No recordaba bien qué era, pero un ruido me despertó. Entonces escuché un golpe, como de algo grande que caía contra el piso, fuera de la habitación.
Matías estaba completamente ebrio, intentando mantenerse en pie, mientras buscaba algo en la alacena de la cocina. Había una silla y varias ollas tiradas en el piso.
—¡¿Puede ser que no haya agua en esta casa?!
—¿No probaste por la canilla? —le aconsejé en medio de un bostezo.
—¡Qué genial idea!
Se me acercó, me dio un abrazo y me besó la frente. Tomó unos cuántos tragos directamente de la canilla y se sentó en la silla caída, que es lo mismo que decir que se sentó en el piso. Yo, mientras tanto, puse la pava en el fuego y me senté en la mesada observando divertida a Mati. Una sola vez lo había visto borracho, y creo que fue uno de los mejores días de mi vida.
Como estaba empezando a dormirse sentado, intenté sacar rápidamente un tema de conversación.
—¿Te acordás de "A la vuelta de la esquina"?
—"A la vuelta de la esquina, sobre Pasco o sobre Alsina, cada cuatro o cinco días un palomo se suicida, y si pasa la vecina o el que vende cocaína, desde algún balcón de arriba llueve bala, así es la vida... ¡Así es la vida!" —cantó Mati sin ninguna entonación pero con mucha gracia.
—Ese sí que era un hitazo.
—¿Sabés vos cómo surgió ese tema?
Muchas veces había oído esa historia, pero estaba ansiosa por conocer la verborrágica versión ebria de Matías, así que le dije que no.
—Estábamos en la plaza Primero de Mayo con Lucas, y de la nada el chabón saca una gomera, como haciéndose el Bart Simpson, y me dice, a que no le das a una paloma, y yo no quería saber nada porque yo soy todo paz, todo paz y todo amor, desde chiquito, pero Lucas dale que dale, con la gomera y con el palomo o con la paloma, qué se yo.
»Así que agarré la gomera y apunté a cualquier lado, porque aunque apuntara no le iba a dar y yo, yo no sé qué pasó, si el viento o lo qué, que la piedrita pegó terrible comba a lo Chelo Delgado y le pegó en un ala a la ala a la paloma y la tipa empezó a caer sin despegar las alas y pum, justo, eh, pero justo pasó un Renault 12 y la hizo mierda.
Mati se incorporó de repente como para ir a tomar más agua, pero se ve que se arrepintió en el camino, porque se volvió a tirar sobre la silla.
—De la nada sale una vieja, una vieja tipo, vestida de vieja y con la bolsa de compras típica de vieja, una cosa muy loca, y empieza a gritar la vieja que asesino, que asesino, no sé a quién le gritaba. Yo me quise ir corriendo porque ahí pensé que me gritaba a mí, que había visto la comba que pegó la piedra y me quería linchar por haber matado a la paloma, no sé. Entonces sale Lucas y le dice, tranquila señora, a la paloma no la mató nadie, la paloma (y escuchate esto): la paloma se suicidó. Un poeta el Lucas, ese Lucas era un poeta de barrio.
»Entonces el tipo que manejaba el Renault 12 que a todo esto había frenado y había salido todo asustado por los gritos de la vieja, le dice que sí, que él había visto a la paloma caer sola, como si se hubiera tirado por voluntad, y no pudo evitar darle con el paragolpe, que quedó todo empalomado, y no se la vio venir. Imaginate la situación, yo tenía un alivio tremendo, con la versión del tipo ya teníamos la coartada perfecta, viste, ¿quién iba a sospechar de mí?
»Pero se ve que todo esto pasó muy rápido, porque así de la nada, sale un tipo por un balcón con una escopeta gritando algo de un traficante y empieza a disparar así como si nada. Parece que el hijo del tipo este tenía un amigo que lo habían matado por la zona en una movida rara que andaba con las drogas, y se ve que el tipo flasheó con los gritos de la vieja que el supuesto dealer que había matado al pibe andaba por ahí y salió a disparar al barrio así como así. Yo me enteré esto mucho después, porque en el momento entré a correr como pelotudo. Che, pasame unos mates que no doy más.
No me había despertado por casualidad, no eran horas dignas para hacerlo. Algo había sonado allá afuera. No recordaba bien qué era, pero un ruido me despertó. Entonces escuché un golpe, como de algo grande que caía contra el piso, fuera de la habitación.
Matías estaba completamente ebrio, intentando mantenerse en pie, mientras buscaba algo en la alacena de la cocina. Había una silla y varias ollas tiradas en el piso.
—¡¿Puede ser que no haya agua en esta casa?!
—¿No probaste por la canilla? —le aconsejé en medio de un bostezo.
—¡Qué genial idea!
Se me acercó, me dio un abrazo y me besó la frente. Tomó unos cuántos tragos directamente de la canilla y se sentó en la silla caída, que es lo mismo que decir que se sentó en el piso. Yo, mientras tanto, puse la pava en el fuego y me senté en la mesada observando divertida a Mati. Una sola vez lo había visto borracho, y creo que fue uno de los mejores días de mi vida.
Como estaba empezando a dormirse sentado, intenté sacar rápidamente un tema de conversación.
—¿Te acordás de "A la vuelta de la esquina"?
—"A la vuelta de la esquina, sobre Pasco o sobre Alsina, cada cuatro o cinco días un palomo se suicida, y si pasa la vecina o el que vende cocaína, desde algún balcón de arriba llueve bala, así es la vida... ¡Así es la vida!" —cantó Mati sin ninguna entonación pero con mucha gracia.
—Ese sí que era un hitazo.
—¿Sabés vos cómo surgió ese tema?
Muchas veces había oído esa historia, pero estaba ansiosa por conocer la verborrágica versión ebria de Matías, así que le dije que no.
—Estábamos en la plaza Primero de Mayo con Lucas, y de la nada el chabón saca una gomera, como haciéndose el Bart Simpson, y me dice, a que no le das a una paloma, y yo no quería saber nada porque yo soy todo paz, todo paz y todo amor, desde chiquito, pero Lucas dale que dale, con la gomera y con el palomo o con la paloma, qué se yo.
»Así que agarré la gomera y apunté a cualquier lado, porque aunque apuntara no le iba a dar y yo, yo no sé qué pasó, si el viento o lo qué, que la piedrita pegó terrible comba a lo Chelo Delgado y le pegó en un ala a la ala a la paloma y la tipa empezó a caer sin despegar las alas y pum, justo, eh, pero justo pasó un Renault 12 y la hizo mierda.
Mati se incorporó de repente como para ir a tomar más agua, pero se ve que se arrepintió en el camino, porque se volvió a tirar sobre la silla.
—De la nada sale una vieja, una vieja tipo, vestida de vieja y con la bolsa de compras típica de vieja, una cosa muy loca, y empieza a gritar la vieja que asesino, que asesino, no sé a quién le gritaba. Yo me quise ir corriendo porque ahí pensé que me gritaba a mí, que había visto la comba que pegó la piedra y me quería linchar por haber matado a la paloma, no sé. Entonces sale Lucas y le dice, tranquila señora, a la paloma no la mató nadie, la paloma (y escuchate esto): la paloma se suicidó. Un poeta el Lucas, ese Lucas era un poeta de barrio.
»Entonces el tipo que manejaba el Renault 12 que a todo esto había frenado y había salido todo asustado por los gritos de la vieja, le dice que sí, que él había visto a la paloma caer sola, como si se hubiera tirado por voluntad, y no pudo evitar darle con el paragolpe, que quedó todo empalomado, y no se la vio venir. Imaginate la situación, yo tenía un alivio tremendo, con la versión del tipo ya teníamos la coartada perfecta, viste, ¿quién iba a sospechar de mí?
»Pero se ve que todo esto pasó muy rápido, porque así de la nada, sale un tipo por un balcón con una escopeta gritando algo de un traficante y empieza a disparar así como si nada. Parece que el hijo del tipo este tenía un amigo que lo habían matado por la zona en una movida rara que andaba con las drogas, y se ve que el tipo flasheó con los gritos de la vieja que el supuesto dealer que había matado al pibe andaba por ahí y salió a disparar al barrio así como así. Yo me enteré esto mucho después, porque en el momento entré a correr como pelotudo. Che, pasame unos mates que no doy más.
24 diciembre 2010
Veintitrés
Hacía mucho que no pasaba tanto tiempo hablando estupideces con Miru. Por suerte nos olvidamos rápidamente de Nico y pudimos ponernos al tanto de todos nuestros problemas existenciales, tomar una inmensa cantidad de mates lavados, tocar la guitarra y cantar hasta que un vecino venga a quejarse, y luego seguir tocando y cantando.
Miru tiene una voz hermosa y una increíble capacidad para improvisar rimas absurdas sobre la marcha. Yo, en cambio, tuve que poner mis manos al día, porque hacía varios meses que no tocaba una guitarra.
Recordamos algunas terribles canciones que habíamos escrito diez años atrás, cuando quisimos formar una banda con Mati, Lucas y una chica que no podíamos recordar su nombre, pero que finalmente abandonó el proyecto cuando sus católicos padres se enteraron de sus intenciones. Yo también intentaba mantenerlo en secreto, pero no porque mis viejos no me dejaran, sino porque se hubieran puesto demasiado orgullosos de mí. Y, en esa época, eso me hubiera avergonzado lo suficiente como para olvidarme de mi propio sueño de ser una estrella de rock.
Ensayábamos en la terraza de la casa de Miru y, cada tanto, tocábamos en la fiesta de algún conocido. Pero dos años después no tuvimos más remedio que separarnos, cuando yo me fui de mi casa, Mati se puso de novio y Lucas empezó la facultad.
Recordamos todo esto con Miru, y ambas coincidimos en que fue ahí, justo en ese terrible momento en que nos dimos cuenta de que se había disuelto definitivamente la banda, cuando comenzó el precoz final de nuestra adolescencia.
Miru no terminó el último año de la secundaria para ayudar a su viejo en el bar. Ya sin ninguna banda que apoye su increíble voz, se dedicó enteramente a la rutina y llegar a fin de mes. Matías cargó con el peso de ser la única esperanza de la familia, la última ilusión. Hizo bien su papel: siguió las reglas, cumplió sus obligaciones, jamás se quejó, se casó a los 13 y, en el tiempo pactado, comenzó la carrera de Abogacía (la cual, gracias al cielo, no terminó). Yo me fui de mi casa en busca de una identidad y terminé buscando restos de comida entre la basura, hasta que, casi sin querer, descubrí que tenía una abuela.
Ya no había tiempo ni espacio para soñar, debíamos hacernos cargo de nuestras responsabilidades o de nuestra decisión de seguir la receta al pie de la letra.
—Ocho años pasaron, ¿podés creerlo? —se asombraba Miru.
—Ocho años... ¿Y qué aprendimos? Un carajo. Éramos más sabias de pendejas, cuando éramos realmente libres.
—A esa edad en lo único que pensábamos era en ser más grandes para ser más libres...
—¡Qué ilusas!
—Pero, Anabella, vos siempre fuiste libre, siempre hiciste lo que quisiste. Te fuiste de tu casa a los quince años, te ganaste la vida sola, trabajando de lo que se te cantaba el culo en cualquier momento, te piraste a la mierda cada vez que se te cruzó por la cabeza... Sos y siempre fuiste (si dejamos de lado este último tiempo) vos misma, no lo que nadie te pedía que fueras.
—Es que me la pasé escapando de todo, no sé atarme a nada, por eso siempre termino alejándome de la gente que quiero.
—Ese es el precio que se paga por ser diferente. Uno elige ser libre o mantenerse prisionero junto al resto de la sociedad. Pero vos no naciste para somerterte a nada ni nadie, y eso es algo admirable. Aunque, sí, es lógico que a veces te sientas sola.
—¿Pero de qué sirve la libertad en soledad?
—Vos no estás realmente sola, Ana, apenas estás algo perdida. No sé si alguna vez escuchaste la historia del peregrino que atravesó cien puertas buscando su libertad... bueno, y recién cuando atravesó la última se dio cuenta de que se encontraba en el fondo del calabozo.
—¿Estuviste leyendo a Paulo Coelho otra vez? ¡Sé sincera!
—No, en realidad me lo acabo de inventar, pero se entiende la idea, ¿no?
Miru tiene una voz hermosa y una increíble capacidad para improvisar rimas absurdas sobre la marcha. Yo, en cambio, tuve que poner mis manos al día, porque hacía varios meses que no tocaba una guitarra.
Recordamos algunas terribles canciones que habíamos escrito diez años atrás, cuando quisimos formar una banda con Mati, Lucas y una chica que no podíamos recordar su nombre, pero que finalmente abandonó el proyecto cuando sus católicos padres se enteraron de sus intenciones. Yo también intentaba mantenerlo en secreto, pero no porque mis viejos no me dejaran, sino porque se hubieran puesto demasiado orgullosos de mí. Y, en esa época, eso me hubiera avergonzado lo suficiente como para olvidarme de mi propio sueño de ser una estrella de rock.
Ensayábamos en la terraza de la casa de Miru y, cada tanto, tocábamos en la fiesta de algún conocido. Pero dos años después no tuvimos más remedio que separarnos, cuando yo me fui de mi casa, Mati se puso de novio y Lucas empezó la facultad.
Recordamos todo esto con Miru, y ambas coincidimos en que fue ahí, justo en ese terrible momento en que nos dimos cuenta de que se había disuelto definitivamente la banda, cuando comenzó el precoz final de nuestra adolescencia.
Miru no terminó el último año de la secundaria para ayudar a su viejo en el bar. Ya sin ninguna banda que apoye su increíble voz, se dedicó enteramente a la rutina y llegar a fin de mes. Matías cargó con el peso de ser la única esperanza de la familia, la última ilusión. Hizo bien su papel: siguió las reglas, cumplió sus obligaciones, jamás se quejó, se casó a los 13 y, en el tiempo pactado, comenzó la carrera de Abogacía (la cual, gracias al cielo, no terminó). Yo me fui de mi casa en busca de una identidad y terminé buscando restos de comida entre la basura, hasta que, casi sin querer, descubrí que tenía una abuela.
Ya no había tiempo ni espacio para soñar, debíamos hacernos cargo de nuestras responsabilidades o de nuestra decisión de seguir la receta al pie de la letra.
—Ocho años pasaron, ¿podés creerlo? —se asombraba Miru.
—Ocho años... ¿Y qué aprendimos? Un carajo. Éramos más sabias de pendejas, cuando éramos realmente libres.
—A esa edad en lo único que pensábamos era en ser más grandes para ser más libres...
—¡Qué ilusas!
—Pero, Anabella, vos siempre fuiste libre, siempre hiciste lo que quisiste. Te fuiste de tu casa a los quince años, te ganaste la vida sola, trabajando de lo que se te cantaba el culo en cualquier momento, te piraste a la mierda cada vez que se te cruzó por la cabeza... Sos y siempre fuiste (si dejamos de lado este último tiempo) vos misma, no lo que nadie te pedía que fueras.
—Es que me la pasé escapando de todo, no sé atarme a nada, por eso siempre termino alejándome de la gente que quiero.
—Ese es el precio que se paga por ser diferente. Uno elige ser libre o mantenerse prisionero junto al resto de la sociedad. Pero vos no naciste para somerterte a nada ni nadie, y eso es algo admirable. Aunque, sí, es lógico que a veces te sientas sola.
—¿Pero de qué sirve la libertad en soledad?
—Vos no estás realmente sola, Ana, apenas estás algo perdida. No sé si alguna vez escuchaste la historia del peregrino que atravesó cien puertas buscando su libertad... bueno, y recién cuando atravesó la última se dio cuenta de que se encontraba en el fondo del calabozo.
—¿Estuviste leyendo a Paulo Coelho otra vez? ¡Sé sincera!
—No, en realidad me lo acabo de inventar, pero se entiende la idea, ¿no?
20 noviembre 2010
Veintidós
No volví a mi casa. Antes pasé por lo de Miru. En esos meses no había sido tan ingrata como para no visitarla, pero igual sentía que me había alejado mucho de ella.
—No me saluda —fue lo primero que me dijo, con ojos vidriosos, al abrirme la puerta.
—¿Quién no te saluda?
—Nico, no me quiere, no me saluda.
Miru se había enamorado. Y ahora estaba desconsolada porque la víctima de su amor no la saludaba por el MSN. Así estaban las cosas.
—Capaz que no te vio conectada o capaz que lo dejó abierto y no está en la computadora. O capaz que no te quiere.
—¡No seas mala!
Miru estaba idiota. Sí, era entendible. El amor pone idiota a la gente. Yo supe ser una de las idiotas más grandes alguna vez. Pero ver reflejada en otro esa obsesión de juguete me incomodaba muchísimo porque no sabía qué hacer, qué decir, qué opinar.
—¿Por qué no lo saludás vos?
—¡Es que siempre lo saludo yo! Me siento re gede, va a pensar que soy una densa.
Y probablemente lo fuera. El amor también pone densa a la gente. El amor o como se llame ese interés desquiciado por conocer aún más a una persona que acabás de conocer. Ese querer a toda costa conocer, descubrir, admirar, compartir, tocar. Densos e idiotas.
Nico se ha desconectado.
Y se armó nomás. Toda la noche consolando a la desconsolada.
—Turco, no voy a poder ir a ninguna de tus fiestas hoy. Estoy ocupada.
Pero ese ocupada sí que fue real.
—No me saluda —fue lo primero que me dijo, con ojos vidriosos, al abrirme la puerta.
—¿Quién no te saluda?
—Nico, no me quiere, no me saluda.
Miru se había enamorado. Y ahora estaba desconsolada porque la víctima de su amor no la saludaba por el MSN. Así estaban las cosas.
—Capaz que no te vio conectada o capaz que lo dejó abierto y no está en la computadora. O capaz que no te quiere.
—¡No seas mala!
Miru estaba idiota. Sí, era entendible. El amor pone idiota a la gente. Yo supe ser una de las idiotas más grandes alguna vez. Pero ver reflejada en otro esa obsesión de juguete me incomodaba muchísimo porque no sabía qué hacer, qué decir, qué opinar.
—¿Por qué no lo saludás vos?
—¡Es que siempre lo saludo yo! Me siento re gede, va a pensar que soy una densa.
Y probablemente lo fuera. El amor también pone densa a la gente. El amor o como se llame ese interés desquiciado por conocer aún más a una persona que acabás de conocer. Ese querer a toda costa conocer, descubrir, admirar, compartir, tocar. Densos e idiotas.
Nico se ha desconectado.
Y se armó nomás. Toda la noche consolando a la desconsolada.
—Turco, no voy a poder ir a ninguna de tus fiestas hoy. Estoy ocupada.
Pero ese ocupada sí que fue real.
Veintiuno
Creyendo haber pisado mal, me había alejado tanto de mí que me costó un buen tiempo recordar quién era. Y cuando me acordé, todo se volvió tan simple, tan fácil, tan lindo, que me sentí una pelotuda.
Al día siguiente me levanté bien entrada la tarde, y desayuné unos mates con bizcochitos de grasa como hacía tiempo no desayunaba. El Turco estaba contentísimo con mi renuncia, cada dos exclamaciones de júbilo, iba y me abrazaba. Y, entre medio de ellas, se acordaba de alguna fiesta nueva a la cual estaba invitada. Pero yo todavía me sentía un poco rara. Como no sabía muy bien qué hacer, decidí visitar a Marito, quien siempre supo ser mi guía espiritual, aunque de espiritual no tenía nada y de guía muy poco.
En la puerta de su casa me encontré con Adelaida, la vecina más simpática de Marito y, tal vez por eso mismo, la menos cuerda.
—¡Anabella, querida! Hace tiempo que no se te ve por acá... ¿Hay un mozalbete por ahí? Ah, no me diga que se mudó. El barrio ya no es lo que era antes, verdad, pero yo nací acá y acá voy a morir. ¿Vos dónde naciste, nena?
—No me acuerdo —respondí con sinceridad.
—¿Cómo no se acuerda? Sabés dónde vivís por lo menos, ¿no? Qué dulce, qué linda niña. Yo me voy a caminar antes de que me olvide, pero pasá, pasá. Mario tiene que estar por ahí. ¡Cuidado con los conejos! No los sigas que te pueden llevar a lugares impensados, y fijate que el tercer escalón...
Adelaida siguió hablando mientras se alejaba, pero no logré escuchar el resto de sus consejos. Siempre se alejaba antes de terminar de despedirse. Me pregunto si alguna vez habrá terminado de despedirse.
Marito estaba pasando la aspiradora por sus frazadas hechas alfombra. Se alegró mucho de verme aunque me retó fuerte por casi haber olvidado mi cara. Le conté (y fue la primera vez que lo hablé en voz alta) sobre mis problemas existenciales con una franqueza que me sorprendía a mí misma.
—Y sí, ya viste que el camino correcto es el que se disfruta. Si no se disfruta entonces no es correcto, no hay mucha filosofía para hacer de eso —me decía Maro despreocupadamente, mientras luchaba contra una pelusa en una esquina de la habitación.
—Sí, sí, es verdad eso, pero igual siento un vacío... No sé, es como cuando sabés que te estás olvidando de algo pero no sabés qué. Siento eso. Que me estoy olvidando de algo.
—¿Juntaste unos pesos al menos?
—Sí, bastantes... no sé para qué.
—Deberías hacer un viaje.
—¿A dónde?
—No importa a dónde. Lo importante es el viaje, no el destino. Viajá, tomate el primer colectivo a donde sea que vaya. Si es lejos mejor, siempre y cuando puedas volver.
Marito no tuvo que decir mucho más para convencerme.
—Y cuando vuelvas, ponete a escribir, Anabella. Te estás olvidando de escribir.
Al día siguiente me levanté bien entrada la tarde, y desayuné unos mates con bizcochitos de grasa como hacía tiempo no desayunaba. El Turco estaba contentísimo con mi renuncia, cada dos exclamaciones de júbilo, iba y me abrazaba. Y, entre medio de ellas, se acordaba de alguna fiesta nueva a la cual estaba invitada. Pero yo todavía me sentía un poco rara. Como no sabía muy bien qué hacer, decidí visitar a Marito, quien siempre supo ser mi guía espiritual, aunque de espiritual no tenía nada y de guía muy poco.
En la puerta de su casa me encontré con Adelaida, la vecina más simpática de Marito y, tal vez por eso mismo, la menos cuerda.
—¡Anabella, querida! Hace tiempo que no se te ve por acá... ¿Hay un mozalbete por ahí? Ah, no me diga que se mudó. El barrio ya no es lo que era antes, verdad, pero yo nací acá y acá voy a morir. ¿Vos dónde naciste, nena?
—No me acuerdo —respondí con sinceridad.
—¿Cómo no se acuerda? Sabés dónde vivís por lo menos, ¿no? Qué dulce, qué linda niña. Yo me voy a caminar antes de que me olvide, pero pasá, pasá. Mario tiene que estar por ahí. ¡Cuidado con los conejos! No los sigas que te pueden llevar a lugares impensados, y fijate que el tercer escalón...
Adelaida siguió hablando mientras se alejaba, pero no logré escuchar el resto de sus consejos. Siempre se alejaba antes de terminar de despedirse. Me pregunto si alguna vez habrá terminado de despedirse.
Marito estaba pasando la aspiradora por sus frazadas hechas alfombra. Se alegró mucho de verme aunque me retó fuerte por casi haber olvidado mi cara. Le conté (y fue la primera vez que lo hablé en voz alta) sobre mis problemas existenciales con una franqueza que me sorprendía a mí misma.
—Y sí, ya viste que el camino correcto es el que se disfruta. Si no se disfruta entonces no es correcto, no hay mucha filosofía para hacer de eso —me decía Maro despreocupadamente, mientras luchaba contra una pelusa en una esquina de la habitación.
—Sí, sí, es verdad eso, pero igual siento un vacío... No sé, es como cuando sabés que te estás olvidando de algo pero no sabés qué. Siento eso. Que me estoy olvidando de algo.
—¿Juntaste unos pesos al menos?
—Sí, bastantes... no sé para qué.
—Deberías hacer un viaje.
—¿A dónde?
—No importa a dónde. Lo importante es el viaje, no el destino. Viajá, tomate el primer colectivo a donde sea que vaya. Si es lejos mejor, siempre y cuando puedas volver.
Marito no tuvo que decir mucho más para convencerme.
—Y cuando vuelvas, ponete a escribir, Anabella. Te estás olvidando de escribir.
Veinte
Durante los siguientes dos meses mi vida se limitó a levantarme a las 6 de la mañana, pegarme una ducha rápida y salir corriendo para la oficina. Llegar siempre cinco minutos tarde y recibir regaños de los superiores. Volcar café tres veces al día, contestar llamados telefónicos durante ocho horas y pisar los talones del jefe de turno. Cumplir horas extras no remuneradas, quedarme dormida en el colectivo y volver a casa caminando. Pedir pizza o empanadas y responderle al Turco: "no, estoy muy cansada". Dormir y creer que no fue suficiente.
Un jueves, Tadeo pasó por casa por primera vez en su vida para preguntarme qué pasaba conmigo, que hacía tiempo no los visitaba. Le respondí que estaba muy ocupada últimamente. Muy ocupada.
No reparé en aquellas estúpidas palabras hasta una semana más tarde, en medio de una de mis rutinarias aventuras por llegar a la oficina. Estaba cruzando la calle con la luz del semáforo intermitente. Antes de llegar a la esquina, una moto que estaba escondida detrás de una camioneta, arrancó con todo y casi me atropella. Lo puteé de arriba a abajo, de izquierda a derecha y del centro pa' fuera. Una señora que esperaba paciente en la esquina, se tropezó del susto y un nene que pasaba justo por ahí se largó a llorar descontroladamente. Alguna otra señora que paseaba por la escena se acercó para hacerme llegar sus quejas hacia los conductores que no tienen respeto por el peatón. La mandé a la mierda de inmediato y seguí mi camino.
A la media cuadra frené de repente y me senté en la entrada de un edificio cualquiera. Había mandado a la mierda a una vieja que no tenía nada que ver, sólo porque estaba molesta por volver a llegar tarde al trabajo. Le había dicho a mi hermano que estaba muy ocupada. ¿Qué carajo era todo eso? Parecía estar viviendo una película yanqui. Tomaba café, obedecía... ¿Qué era lo que estaba buscando? Sea como fuese, no iría a encontrarlo ahí, así.
Una chica me pidió permiso para abrir la puerta que yo estaba obstruyendo. Me levanté y me fui a la plaza más cercana, donde un grupo de músicos ebrios tocaban guitarras, quenas y cantaban muy mal. Me quedé tomando vino y cantando mal con ellos, riendo de lo absurdo de la vida.
Algunas horas después algún nadie de la oficina me llamó para preguntarme si iría a trabajar. Le contesté que en un rato iba. Y a última hora fui, con un aliento a vino de cartón que espantaba, pero bien parada y con la frente en frente. Renuncié y les devolví el celular que me habían impuesto para controlarme.
Volví a casa feliz y le dije al Turco que le jugaba un partido de Winning. Que esa noche era la noche del Marsella.
Un jueves, Tadeo pasó por casa por primera vez en su vida para preguntarme qué pasaba conmigo, que hacía tiempo no los visitaba. Le respondí que estaba muy ocupada últimamente. Muy ocupada.
No reparé en aquellas estúpidas palabras hasta una semana más tarde, en medio de una de mis rutinarias aventuras por llegar a la oficina. Estaba cruzando la calle con la luz del semáforo intermitente. Antes de llegar a la esquina, una moto que estaba escondida detrás de una camioneta, arrancó con todo y casi me atropella. Lo puteé de arriba a abajo, de izquierda a derecha y del centro pa' fuera. Una señora que esperaba paciente en la esquina, se tropezó del susto y un nene que pasaba justo por ahí se largó a llorar descontroladamente. Alguna otra señora que paseaba por la escena se acercó para hacerme llegar sus quejas hacia los conductores que no tienen respeto por el peatón. La mandé a la mierda de inmediato y seguí mi camino.
A la media cuadra frené de repente y me senté en la entrada de un edificio cualquiera. Había mandado a la mierda a una vieja que no tenía nada que ver, sólo porque estaba molesta por volver a llegar tarde al trabajo. Le había dicho a mi hermano que estaba muy ocupada. ¿Qué carajo era todo eso? Parecía estar viviendo una película yanqui. Tomaba café, obedecía... ¿Qué era lo que estaba buscando? Sea como fuese, no iría a encontrarlo ahí, así.
Una chica me pidió permiso para abrir la puerta que yo estaba obstruyendo. Me levanté y me fui a la plaza más cercana, donde un grupo de músicos ebrios tocaban guitarras, quenas y cantaban muy mal. Me quedé tomando vino y cantando mal con ellos, riendo de lo absurdo de la vida.
Algunas horas después algún nadie de la oficina me llamó para preguntarme si iría a trabajar. Le contesté que en un rato iba. Y a última hora fui, con un aliento a vino de cartón que espantaba, pero bien parada y con la frente en frente. Renuncié y les devolví el celular que me habían impuesto para controlarme.
Volví a casa feliz y le dije al Turco que le jugaba un partido de Winning. Que esa noche era la noche del Marsella.
Diecinueve
Sentía que hacía meses no dormía. Sin embargo, esa noche no pude dormir. No pensaba en nada en particular, simplemente me quedaba allí, recostada en la cama con las zapatillas puestas, con las manos entrelazadas sobre la panza, con los vozarrones de los muchachos musicalizando el ambiente, con la tenue luz del velador que cada vez iluminaba menos.
Me sentía poco. No sentía ser poco, sino que me sentía menos que antes. Me sentía más liviana, pero no de carga, sino de esencia. Creí que desaparecería de un momento a otro. Y aún así, sin querer, amaneció. Yo seguía siendo, poco, pero seguía estando.
Me despegué de la cama como después de una siesta y me preparé para volver a empezar. O para volver a seguir. Debía reencontrar mi rumbo. Jamás antes se me había ocurrido pensar siquiera en un rumbo, nunca tuve proyectos concretos y mis sueños siempre murieron al morir el insomnio. Pero consciente o inconscientemente, había dado un paso en falso y debía retomar el camino, cualquiera fuese.
Desayuné, me bañe y me vestí lo más decentemente que el ropero me permitió. Imprimí unos cuantos currículum que, en letra mínima, describían los cientos de oficios a los que me había dedicado a lo largo de mi vida. Ninguno de ellos me otorgaba experiencia ni prestigio, pero eran todo lo que tenía.
Durante tres días anduve de un lado a otro repartiendo papeles como si mi supervivencia dependiera de ello. Al tercer día me llamaron para mi primera y última entrevista. Secretaria/recepcionista de una empresa de moda, mis responsabilidades serían asistir a los diferentes directores de la compañía, organizar la agenda y atender el teléfono. Acepté. No lo pensé.
Si lo hubiera pensado, probablemente todo hubiera sido diferente.
Me sentía poco. No sentía ser poco, sino que me sentía menos que antes. Me sentía más liviana, pero no de carga, sino de esencia. Creí que desaparecería de un momento a otro. Y aún así, sin querer, amaneció. Yo seguía siendo, poco, pero seguía estando.
Me despegué de la cama como después de una siesta y me preparé para volver a empezar. O para volver a seguir. Debía reencontrar mi rumbo. Jamás antes se me había ocurrido pensar siquiera en un rumbo, nunca tuve proyectos concretos y mis sueños siempre murieron al morir el insomnio. Pero consciente o inconscientemente, había dado un paso en falso y debía retomar el camino, cualquiera fuese.
Desayuné, me bañe y me vestí lo más decentemente que el ropero me permitió. Imprimí unos cuantos currículum que, en letra mínima, describían los cientos de oficios a los que me había dedicado a lo largo de mi vida. Ninguno de ellos me otorgaba experiencia ni prestigio, pero eran todo lo que tenía.
Durante tres días anduve de un lado a otro repartiendo papeles como si mi supervivencia dependiera de ello. Al tercer día me llamaron para mi primera y última entrevista. Secretaria/recepcionista de una empresa de moda, mis responsabilidades serían asistir a los diferentes directores de la compañía, organizar la agenda y atender el teléfono. Acepté. No lo pensé.
Si lo hubiera pensado, probablemente todo hubiera sido diferente.
01 agosto 2010
Dieciocho
Apenas llegué a mi edificio, me aseguré de seguir cada paso correctamente. Subí en ascensor hasta el último piso y bajé sigilosamente por las escaleras los dos pisos que me habían sobrado. Sin producir ningún sonido, saqué la bengala y un encendedor de mi mochila y, pegada contra la pared, le toqué el timbre al viejo de mierda. Esperé. Pero en la espera no logré evitar un estornudo. Maldito resfrío. ¿Me habría reconocido? El viejo no abrió. Tampoco llegué a escuchar ningún ruido dentro de su departamento. Esperé algunos minutos más y volví a tocar timbre. Pero el viejo no abrió. Resignada, entré a mi departamento.
El Turco y Facundo jugaban un partido de Winning Eleven. No había rastros del vagabundo sirviente. El Cuervo estaba en la cocina preparando un fernet.
—¿Cómo andás, hermosa?
—Acá andamos, en la lucha, ¿vos?
—¿Querés un fernet?
El Cuervo nunca contesta ninguna pregunta, ni siquiera un miserable saludo. Eso me enferma. El Cuervo es de esos tipos que se despiden guiñándote un ojo. Detesto esa clase de tipos. El Cuervo está bueno y lo sabe, por eso es tan desagradable.
—Y bueno. Pero bien cargado, sino no.
—Dejalo en manos del maestro.
El Cuervo siempre habla en tercera persona y ahí es cuando termina de desquiciarme. Estaba esperando que me hiciera el fernet para revoleárselo en su querida camiseta azulgrana que jamás se saca. Pero sólo en mi cabeza, no podía darle el gusto de hacerlo sentir importante.
Facundo gritó desaforadamente un gol desde el living, como si fuera la mayor hazaña de su vida. Y probablemente lo fuera. Facundo trabaja en un McDonalds de día y en un Burguer King de noche. Se puede decir que es un pelotudo histórico, de los grandes. De esos que nunca llegás a concebir la real dimensión de su pelotudez.
Siempre sentí algo de lástima por Facundo. Y un poco de repugnancia por el Cuervo. Sin embargo, no me llevo mal con ellos. Los amigos del Turco son como mis hermanos. Vivimos peleándonos en las buenas, pero en las malas es difícil encontrar un grupo más unido que nosotros.
Me llevé mi fernet al cuarto y la llamé a Miru a su casa. Al fin me atendió. Su voz pretendía sonar entera, aunque tantos años de amistad hicieron que notara su debilidad. Le conté las peripecias de mi día cuando pasé por su casa y así logré hacerla reír un poco. Sentir sus carcajadas genuinas a través del tubo del teléfono me reconfortaba el alma.
—Matí me contó que el viernes pasó por tu casa... —Miru sacó repentinamente un nuevo tema.
—Sí... fue... raro... —y yo no supe cómo afrontarlo.
—No sé si raro, a mi me pareció bastante lógico.
No sabía por qué, pero no quería seguir indagando en las opiniones de Miru. Tampoco sabía por qué pensar en Matías me jodía tanto adentro. Por qué desde aquella noche evitaba cualquier tipo de recuerdo sobre él. Había algo incómodo en esa situación. Incómodo o doloroso o ambas cosas a la vez. No. No quería hablar sobre Matías. Y, sobre todo, no quería hablar sobre Matías con Miru.
—Puede ser.
El Turco y Facundo jugaban un partido de Winning Eleven. No había rastros del vagabundo sirviente. El Cuervo estaba en la cocina preparando un fernet.
—¿Cómo andás, hermosa?
—Acá andamos, en la lucha, ¿vos?
—¿Querés un fernet?
El Cuervo nunca contesta ninguna pregunta, ni siquiera un miserable saludo. Eso me enferma. El Cuervo es de esos tipos que se despiden guiñándote un ojo. Detesto esa clase de tipos. El Cuervo está bueno y lo sabe, por eso es tan desagradable.
—Y bueno. Pero bien cargado, sino no.
—Dejalo en manos del maestro.
El Cuervo siempre habla en tercera persona y ahí es cuando termina de desquiciarme. Estaba esperando que me hiciera el fernet para revoleárselo en su querida camiseta azulgrana que jamás se saca. Pero sólo en mi cabeza, no podía darle el gusto de hacerlo sentir importante.
Facundo gritó desaforadamente un gol desde el living, como si fuera la mayor hazaña de su vida. Y probablemente lo fuera. Facundo trabaja en un McDonalds de día y en un Burguer King de noche. Se puede decir que es un pelotudo histórico, de los grandes. De esos que nunca llegás a concebir la real dimensión de su pelotudez.
Siempre sentí algo de lástima por Facundo. Y un poco de repugnancia por el Cuervo. Sin embargo, no me llevo mal con ellos. Los amigos del Turco son como mis hermanos. Vivimos peleándonos en las buenas, pero en las malas es difícil encontrar un grupo más unido que nosotros.
Me llevé mi fernet al cuarto y la llamé a Miru a su casa. Al fin me atendió. Su voz pretendía sonar entera, aunque tantos años de amistad hicieron que notara su debilidad. Le conté las peripecias de mi día cuando pasé por su casa y así logré hacerla reír un poco. Sentir sus carcajadas genuinas a través del tubo del teléfono me reconfortaba el alma.
—Matí me contó que el viernes pasó por tu casa... —Miru sacó repentinamente un nuevo tema.
—Sí... fue... raro... —y yo no supe cómo afrontarlo.
—No sé si raro, a mi me pareció bastante lógico.
No sabía por qué, pero no quería seguir indagando en las opiniones de Miru. Tampoco sabía por qué pensar en Matías me jodía tanto adentro. Por qué desde aquella noche evitaba cualquier tipo de recuerdo sobre él. Había algo incómodo en esa situación. Incómodo o doloroso o ambas cosas a la vez. No. No quería hablar sobre Matías. Y, sobre todo, no quería hablar sobre Matías con Miru.
—Puede ser.
11 enero 2010
Diecisiete
Estaba muy confundida en el viaje a casa. O no sabía muy bien en qué pensar. O cómo hacerlo. Uno de esos momentos en los que la propia existencia resulta tan insignificante, tan poca cosa, que no puede asegurarse qué se es, qué se hace, qué se quiere.
El colectivero estaba muy apurado. No se detenía en la mayoría de las paradas, cada tanto cruzaba un semáforo en rojo, y parecía estar probando hasta dónde bajaba el acelerador. En una de sus infrecuentes detenciones se subió una nena de unos trece años pidiendo un boleto de noventa centavos. El chofer le preguntó hasta dónde iba y comenzaron una discusión en la que el colectivero le aseguraba que se había subido una parada antes de la debida para el boleto mínimo, y la nena respondía asustada que no tenía más de noventa centavos. Para cuando se calmaron, la nena ya había llegado a su destino y se bajó sin pagar. Esto puso aún más nervioso al chofer, quien comenzó a zigzaguear, esquivando autos como si estuviera jugando al Road Fighter en el Family Game.
Miré a mi alrededor; nadie notaba nada. Ene, ene, ene. Cada uno se encontraba inmerso en sus cuestiones, sin preocuparse por nada más, creyendo que estaban a salvo por haber dejado sus vidas en manos de un trabajador del transporte. Siempre creí que moriría en un accidente de tránsito, en un colectivo. Ya había pasado por situaciones similares: los conductores de la ciudad están locos, y los tacheros y colectiveros no se mantienen al margen. Las calles porteñas lo vuelven loco a uno. Porque los peatones también lo están, quizá más que los conductores. Más peligrosos que aquellos. La diferencia está en que los peatones son peligrosos para sí mismos: son suicidas en potencia. Los choferes, en cambio, son peligrosos para los demás: son asesinos con licencia que corren con sus armas apuntando a la multitud. La multitud que se entrega a ellos, confiadamente, probando la eficacia de sus ángeles guardianes y escudos de felpa.
Sí, siempre creí que moriría en un colectivo. Tal vez hoy fuera el día, aquella vez. La esperé consciente de mi espera. Aceptando la irreversibilidad de la visita. Sólo era una suicida más en la ciudad, pero sabiendo que lo era. ¿Serviría de algo? Si yo muriera en ese 5, ¿tomaría alguien consciencia del significado de mi muerte, el cual no tendría nada que ver con mi persona, sino con las probabilidades que tenía de morir? Seguramente no. Seguramente sería contabilizada como una víctima más en un accidente de tránsito de lo más usual.
Accidente. Qué mentira. De esos ya no quedan.
Llegué a mi parada, intacta.
En fin.
Otra vez será.
El colectivero estaba muy apurado. No se detenía en la mayoría de las paradas, cada tanto cruzaba un semáforo en rojo, y parecía estar probando hasta dónde bajaba el acelerador. En una de sus infrecuentes detenciones se subió una nena de unos trece años pidiendo un boleto de noventa centavos. El chofer le preguntó hasta dónde iba y comenzaron una discusión en la que el colectivero le aseguraba que se había subido una parada antes de la debida para el boleto mínimo, y la nena respondía asustada que no tenía más de noventa centavos. Para cuando se calmaron, la nena ya había llegado a su destino y se bajó sin pagar. Esto puso aún más nervioso al chofer, quien comenzó a zigzaguear, esquivando autos como si estuviera jugando al Road Fighter en el Family Game.
Miré a mi alrededor; nadie notaba nada. Ene, ene, ene. Cada uno se encontraba inmerso en sus cuestiones, sin preocuparse por nada más, creyendo que estaban a salvo por haber dejado sus vidas en manos de un trabajador del transporte. Siempre creí que moriría en un accidente de tránsito, en un colectivo. Ya había pasado por situaciones similares: los conductores de la ciudad están locos, y los tacheros y colectiveros no se mantienen al margen. Las calles porteñas lo vuelven loco a uno. Porque los peatones también lo están, quizá más que los conductores. Más peligrosos que aquellos. La diferencia está en que los peatones son peligrosos para sí mismos: son suicidas en potencia. Los choferes, en cambio, son peligrosos para los demás: son asesinos con licencia que corren con sus armas apuntando a la multitud. La multitud que se entrega a ellos, confiadamente, probando la eficacia de sus ángeles guardianes y escudos de felpa.
Sí, siempre creí que moriría en un colectivo. Tal vez hoy fuera el día, aquella vez. La esperé consciente de mi espera. Aceptando la irreversibilidad de la visita. Sólo era una suicida más en la ciudad, pero sabiendo que lo era. ¿Serviría de algo? Si yo muriera en ese 5, ¿tomaría alguien consciencia del significado de mi muerte, el cual no tendría nada que ver con mi persona, sino con las probabilidades que tenía de morir? Seguramente no. Seguramente sería contabilizada como una víctima más en un accidente de tránsito de lo más usual.
Accidente. Qué mentira. De esos ya no quedan.
Llegué a mi parada, intacta.
En fin.
Otra vez será.
Dieciséis
Dos horas después estaba tocando el timbre de la casa de Miru, pero nadie respondía. Quise llamarla al celular cuando me di cuenta de que no lo tenía. El boludito me lo había afanado sin que yo me diera cuenta. Pero la Luli estaba conmigo y eso era lo importante.
Decidí pasar por lo de Jony en busca de la pequeña venganza que me esperaría al volver a casa, cuidando de no cruzarme con ningún otro maleante por el camino. Era 30 de Noviembre. Como se acercaban las fiestas, Jony estaba hasta las manos con el laburo pirotécnico, así que era el momento oportuno para manguearle una miserable bengala de humo.
Al alejarme del local de Jony, mientras cruzaba la calle en busca de una parada de colectivo familiar, me fijé en una señora, anciana ya, seguramente habría pasado la octava década, sentada en un banco de la plaza. Estaba sentada bien erguida, con las piernas muy juntas y ambas manos entre las rodillas. Su rostro me resultaba muy familiar. Pero lo que me llamó la atención fue su expresión. Tenía la mirada cansada, pero aún así alegre. Sonreía. Toda su postura decía que esperaba algo o a alguien, pero constantemente observaba satisfecha a la gente que se acumulaba en un rincón u otro de la plaza. No dudé en sacarle una foto, aunque me arrepentí un poco de no haber utilizado un rollo a color.
La anciana volvió su mirada hacia mí una milésima de segundo antes de que yo disparase. Me asusté al pensar que quizás se hubiera arruinado la foto al darse cuenta de que la estaban retratando. Pero cuando volví a mirarla sin ningún lente de por medio, ella seguía con su misma pasividad y alegría. Me acerqué y me senté a su lado.
—Discúlpeme... —¿Cómo expresar lo que viste con palabras?—. Era la foto perfecta. —No hay forma, no hay forma.
—No te disculpes, lo tomo como un halago —me sonrió la anciana incluso con la mirada—, aunque, si puedo ser curiosa, me gustaría ver cómo resultó.
—Bueno, es una cámara un poco antigua —respondí incómoda—, tengo que terminar el rollo y revelarlo.
—¡Ah! ¡Una cámara a rollo! Es de las mías, creí que ya no existían.
—Sí, son algo inusuales... las de ahora son bastante más prácticas.
—Hacen todo por uno, ¿no?
—Si...
La anciana retomó su estado de observación. Quería decirle algo, preguntarle algo, pero no sabía qué. Simplemente me quedé a su lado, observando yo también a la gente que se reunía en la plaza.
—¿Sabés? —comenzó la anciana unos pocos minutos después, sin dejar de mirar a la multitud—, he oído muchísimas veces la siguiente afirmación: "pretender culpabilizar a todos es no culpar a nadie". Es una frase interesante, pareciera tener mucho sentido y seguramente me sentiría muy inteligente al pronunciarla. Sin embargo, no puedo hacerlo. No tiene sentido que la diga yo. Que la diga alguien que se dedique a analizar las cosas, con teorías, con palabras, con supuestos. Pero que no lo diga alguien que vive con el sólo propósito de encontrar una justicia. Pedir castigo para todos sería una locura. Pero imagina a cada uno del montón, sin excepción alguna, cumpliendo la condena que le corresponde por su negligencia como ciudadano, como hermano, como padre. Sería maravilloso. Utópico. Tal vez.
»Sin embargo, cuando uno dedica su vida a buscar una justicia que pareciera tratarse de una leyenda, la imaginación no tiene límites. El pesimismo es un chiste muy inocente. La imposibilidad es un espejismo fácilmente detectable. La perseverancia es el caballo que nos lleva al galope hacia los paisajes más hermosos. Nos dicen que somos seres infantiles, inocentes, que desperdiciamos nuestro tiempo por una causa perdida. ¡Imaginate a mi edad! Nos reímos de ellos. Desperdician su vida en un mundo que no los convence, en un sistema que los oprime, en un ambiente que no los apasiona y, a veces incluso, acompañados de alguien que no aman. Que nadie intente ser feliz no significa que la felicidad haya desaparecido.
Yo no conocí muchas personas mayores a lo largo de mi vida. Mi abuela, el viejo de al lado y no mucho más. Pero esta señora no parecía una típica señora mayor. No hablaba como tal, no miraba como tal. Por lo menos, no como ninguna que yo hubiera conocido.
Anochecía y la plaza estaba cada vez más repleta, se volvía cada vez más pequeña e insuficiente. La señora comenzó a despedirse diciendo que tenía un largo viaje por delante. Creí que se tomaría el tren, pero entonces sacó un casco de debajo del asiento y se incorporó enérgicamente. Sabía que me resultaba familiar. Era la anciana de la moto que había salido en el noticiero hacía tres días y quince capítulos.
Decidí pasar por lo de Jony en busca de la pequeña venganza que me esperaría al volver a casa, cuidando de no cruzarme con ningún otro maleante por el camino. Era 30 de Noviembre. Como se acercaban las fiestas, Jony estaba hasta las manos con el laburo pirotécnico, así que era el momento oportuno para manguearle una miserable bengala de humo.
Al alejarme del local de Jony, mientras cruzaba la calle en busca de una parada de colectivo familiar, me fijé en una señora, anciana ya, seguramente habría pasado la octava década, sentada en un banco de la plaza. Estaba sentada bien erguida, con las piernas muy juntas y ambas manos entre las rodillas. Su rostro me resultaba muy familiar. Pero lo que me llamó la atención fue su expresión. Tenía la mirada cansada, pero aún así alegre. Sonreía. Toda su postura decía que esperaba algo o a alguien, pero constantemente observaba satisfecha a la gente que se acumulaba en un rincón u otro de la plaza. No dudé en sacarle una foto, aunque me arrepentí un poco de no haber utilizado un rollo a color.
La anciana volvió su mirada hacia mí una milésima de segundo antes de que yo disparase. Me asusté al pensar que quizás se hubiera arruinado la foto al darse cuenta de que la estaban retratando. Pero cuando volví a mirarla sin ningún lente de por medio, ella seguía con su misma pasividad y alegría. Me acerqué y me senté a su lado.
—Discúlpeme... —¿Cómo expresar lo que viste con palabras?—. Era la foto perfecta. —No hay forma, no hay forma.
—No te disculpes, lo tomo como un halago —me sonrió la anciana incluso con la mirada—, aunque, si puedo ser curiosa, me gustaría ver cómo resultó.
—Bueno, es una cámara un poco antigua —respondí incómoda—, tengo que terminar el rollo y revelarlo.
—¡Ah! ¡Una cámara a rollo! Es de las mías, creí que ya no existían.
—Sí, son algo inusuales... las de ahora son bastante más prácticas.
—Hacen todo por uno, ¿no?
—Si...
La anciana retomó su estado de observación. Quería decirle algo, preguntarle algo, pero no sabía qué. Simplemente me quedé a su lado, observando yo también a la gente que se reunía en la plaza.
—¿Sabés? —comenzó la anciana unos pocos minutos después, sin dejar de mirar a la multitud—, he oído muchísimas veces la siguiente afirmación: "pretender culpabilizar a todos es no culpar a nadie". Es una frase interesante, pareciera tener mucho sentido y seguramente me sentiría muy inteligente al pronunciarla. Sin embargo, no puedo hacerlo. No tiene sentido que la diga yo. Que la diga alguien que se dedique a analizar las cosas, con teorías, con palabras, con supuestos. Pero que no lo diga alguien que vive con el sólo propósito de encontrar una justicia. Pedir castigo para todos sería una locura. Pero imagina a cada uno del montón, sin excepción alguna, cumpliendo la condena que le corresponde por su negligencia como ciudadano, como hermano, como padre. Sería maravilloso. Utópico. Tal vez.
»Sin embargo, cuando uno dedica su vida a buscar una justicia que pareciera tratarse de una leyenda, la imaginación no tiene límites. El pesimismo es un chiste muy inocente. La imposibilidad es un espejismo fácilmente detectable. La perseverancia es el caballo que nos lleva al galope hacia los paisajes más hermosos. Nos dicen que somos seres infantiles, inocentes, que desperdiciamos nuestro tiempo por una causa perdida. ¡Imaginate a mi edad! Nos reímos de ellos. Desperdician su vida en un mundo que no los convence, en un sistema que los oprime, en un ambiente que no los apasiona y, a veces incluso, acompañados de alguien que no aman. Que nadie intente ser feliz no significa que la felicidad haya desaparecido.
Yo no conocí muchas personas mayores a lo largo de mi vida. Mi abuela, el viejo de al lado y no mucho más. Pero esta señora no parecía una típica señora mayor. No hablaba como tal, no miraba como tal. Por lo menos, no como ninguna que yo hubiera conocido.
Anochecía y la plaza estaba cada vez más repleta, se volvía cada vez más pequeña e insuficiente. La señora comenzó a despedirse diciendo que tenía un largo viaje por delante. Creí que se tomaría el tren, pero entonces sacó un casco de debajo del asiento y se incorporó enérgicamente. Sabía que me resultaba familiar. Era la anciana de la moto que había salido en el noticiero hacía tres días y quince capítulos.
Quince
—¿Mi cámara? No... ¿no te interesa alguna otra cosa?
En el camino hacia el barrio de Miru, un flaquito matoncito todo frágil me arrinconó en una calle desierta y, nada amablemente, me pidió la cámara a cambio de terminar el día con vida.
—No te hagá la gila, dame la cámara, la plata, dame todo o te corto.
El tipito me apuntaba con una trincheta y se movía de un lado a otro como si el aire le diera corriente. Su expresión tenía la característica de producir aburrimiento.
—Emm... hagamos una cosa, ponele que vos ya me robaste la cámara, ¿no? Entonces ahora vas a venderla, porque si no al pedo la vas a tener, no sabés ni cómo se usa. Bueno, yo te la compro.
—¿Eh?
—Claro, hacé de cuenta que ya me la afanaste. Es tuya, te la quiero comprar.
—¿A cuánto?
—Decime vos.
—Cinco mil dólare.
—A ver... —dije revisando mis bolsillos—. Mirá, acá tengo dos con cuarenta y cinco, capaz que en casa tengo más...
—¿Qué queré jugá, pendejita? ¿Te hacé la gila conmigo? Te voy a cortá toda, no sabé quién soy yo.
A todo esto el flaco me tenía con un bracito contra la pared y con el otro amagaba a tajearme el cuello y se reía. Volvía a amagar y se volvia a reír. Entonces se puso serio, pero al tercer intento de un reflejo le atajé la muñeca y se la retorcí como un trapito de lo flacucho que era, pobre.
—¡Pero, che! ¿No me podés escuchar un segundo? ¿Vos estás drogado, no? Es jodido eso, tendrías que buscar algo que te apasione y te haga perder el tiempo. Yo te entiendo, en una me volví adicta al GTA, pero mal, ¿eh? Lo dejaba sólo para dormir o buscar algo de comer, y no comía ni dormía mucho. Después salía a la calle y seguía con el GTA. Me daban ganas de matar a golpes a cualquier transeúnte que pasara desprevenido, chorear un coche y arrollar a un par. Lo tuve que dejar y así empecé a sacar fotos y como que me encontré, ¿viste?
—¿Me estás gastando? —dijo con los dientes apretados, todavía intentando recuperar su muñeca y el resto de su mano. Lo solté a ver qué pasaba.
—Si no se te va la vida. Porque, te voy a decir algo y espero que no lo tomes a mal, pero eso es lo que ELLOS quieren. Quieren que te drogues con pegamento, con el paco o con la Play. Que te chupe todo un huevo así no te quejás de cómo te están cagando la vida. Al menos que no los busques, que te las arregles con los que encuentres más a mano.
»Eso no significa que ELLOS sean todos sanitos, ¡noo! No. La diferencia es que arriba sobra, abajo falta y, ante la falta, pasan cosas como esta: yo quiero sacar una foto y vos venís y me amenazás con un cúter que me vas a cortar toda. La realidad es que vos y yo no somos tan distintos. A los dos nos cagan y nos cagan todos los días como si eso fuera necesario para su propia supervivencia. Y nosotros lo único que queremos es que no nos rompan las pelotas. Yo no quiero estar ahí arriba, ni tener todo el poder del mundo como ELLOS. ¡No! Sólo quiero que no me rompan las pelotas. Y vos también. La diferencia entre nosotros es que yo tuve un poco más de suerte. Nada más.
»Si todos fuéramos más conscientes de nuestra situación, sería más fácil reclamar lo que nos corresponde, a quien corresponde. Seríamos más felices y no habría tanta violencia. Pero ELLOS no quieren que lo sepamos. ELLOS quieren que nosotros nos sintamos enemigos. Entonces vos me ves acá sacando fotos al reverendo pedo en esta vida y me querés cortar por hija de puta. Y yo dejo que me afanes todo para después, con la impotencia, el miedo y la bronca acumulada, salir a pedir que maten a ese hijo de puta que me robó, me amenazó y me pudo haber matado sin reparos. Así que nos matamos entre todos, porque somos todos unos hijos de puta. Y no, no, no. La verdad es que somos todos una manga de boludos. Egoístas y boludos.
Paré para respirar un poco de aire, me senté en el cordón de la vereda y saqué un pucho para respirar mejor.
—¿Querés? —le ofrecí al asaltante.
—Gracias —me aceptó con "ese", un poco más calmo.
En el camino hacia el barrio de Miru, un flaquito matoncito todo frágil me arrinconó en una calle desierta y, nada amablemente, me pidió la cámara a cambio de terminar el día con vida.
—No te hagá la gila, dame la cámara, la plata, dame todo o te corto.
El tipito me apuntaba con una trincheta y se movía de un lado a otro como si el aire le diera corriente. Su expresión tenía la característica de producir aburrimiento.
—Emm... hagamos una cosa, ponele que vos ya me robaste la cámara, ¿no? Entonces ahora vas a venderla, porque si no al pedo la vas a tener, no sabés ni cómo se usa. Bueno, yo te la compro.
—¿Eh?
—Claro, hacé de cuenta que ya me la afanaste. Es tuya, te la quiero comprar.
—¿A cuánto?
—Decime vos.
—Cinco mil dólare.
—A ver... —dije revisando mis bolsillos—. Mirá, acá tengo dos con cuarenta y cinco, capaz que en casa tengo más...
—¿Qué queré jugá, pendejita? ¿Te hacé la gila conmigo? Te voy a cortá toda, no sabé quién soy yo.
A todo esto el flaco me tenía con un bracito contra la pared y con el otro amagaba a tajearme el cuello y se reía. Volvía a amagar y se volvia a reír. Entonces se puso serio, pero al tercer intento de un reflejo le atajé la muñeca y se la retorcí como un trapito de lo flacucho que era, pobre.
—¡Pero, che! ¿No me podés escuchar un segundo? ¿Vos estás drogado, no? Es jodido eso, tendrías que buscar algo que te apasione y te haga perder el tiempo. Yo te entiendo, en una me volví adicta al GTA, pero mal, ¿eh? Lo dejaba sólo para dormir o buscar algo de comer, y no comía ni dormía mucho. Después salía a la calle y seguía con el GTA. Me daban ganas de matar a golpes a cualquier transeúnte que pasara desprevenido, chorear un coche y arrollar a un par. Lo tuve que dejar y así empecé a sacar fotos y como que me encontré, ¿viste?
—¿Me estás gastando? —dijo con los dientes apretados, todavía intentando recuperar su muñeca y el resto de su mano. Lo solté a ver qué pasaba.
—Si no se te va la vida. Porque, te voy a decir algo y espero que no lo tomes a mal, pero eso es lo que ELLOS quieren. Quieren que te drogues con pegamento, con el paco o con la Play. Que te chupe todo un huevo así no te quejás de cómo te están cagando la vida. Al menos que no los busques, que te las arregles con los que encuentres más a mano.
»Eso no significa que ELLOS sean todos sanitos, ¡noo! No. La diferencia es que arriba sobra, abajo falta y, ante la falta, pasan cosas como esta: yo quiero sacar una foto y vos venís y me amenazás con un cúter que me vas a cortar toda. La realidad es que vos y yo no somos tan distintos. A los dos nos cagan y nos cagan todos los días como si eso fuera necesario para su propia supervivencia. Y nosotros lo único que queremos es que no nos rompan las pelotas. Yo no quiero estar ahí arriba, ni tener todo el poder del mundo como ELLOS. ¡No! Sólo quiero que no me rompan las pelotas. Y vos también. La diferencia entre nosotros es que yo tuve un poco más de suerte. Nada más.
»Si todos fuéramos más conscientes de nuestra situación, sería más fácil reclamar lo que nos corresponde, a quien corresponde. Seríamos más felices y no habría tanta violencia. Pero ELLOS no quieren que lo sepamos. ELLOS quieren que nosotros nos sintamos enemigos. Entonces vos me ves acá sacando fotos al reverendo pedo en esta vida y me querés cortar por hija de puta. Y yo dejo que me afanes todo para después, con la impotencia, el miedo y la bronca acumulada, salir a pedir que maten a ese hijo de puta que me robó, me amenazó y me pudo haber matado sin reparos. Así que nos matamos entre todos, porque somos todos unos hijos de puta. Y no, no, no. La verdad es que somos todos una manga de boludos. Egoístas y boludos.
Paré para respirar un poco de aire, me senté en el cordón de la vereda y saqué un pucho para respirar mejor.
—¿Querés? —le ofrecí al asaltante.
—Gracias —me aceptó con "ese", un poco más calmo.
Catorce
Sí, cada vez que venía alguien a casa me repetía lo mismo. Yo tenía esa costumbre y él esa paranoia.
Cerré la puerta detrás de mí y el primer paso que di se extendió un metro y medio más de lo común, hasta pararme contra la pared y quedar de frente al techo. Tenía la sospecha de que me dolería algo en cualquier instante, pero sin estar segura de qué. Me aseguré de que la Luli estuviera a salvo y ahí nomás sentí una punzada terrible en la parte izquierda de la cintura que me hizo retorcer durante algunos minutos, pero supo pasar.
Me incorporé a medias y examiné el piso del pasillo enchastrado de aceite. Viejo de mierda. Encima se daba el lujo de desperdiciar aceite.
Mantuve la calma, me levanté de a poquito y entré al departamento a cambiarme de ropa. Ya tendría tiempo para agarrarlo desprevenido a ese hijo de puta.
Cerré la puerta detrás de mí y el primer paso que di se extendió un metro y medio más de lo común, hasta pararme contra la pared y quedar de frente al techo. Tenía la sospecha de que me dolería algo en cualquier instante, pero sin estar segura de qué. Me aseguré de que la Luli estuviera a salvo y ahí nomás sentí una punzada terrible en la parte izquierda de la cintura que me hizo retorcer durante algunos minutos, pero supo pasar.
Me incorporé a medias y examiné el piso del pasillo enchastrado de aceite. Viejo de mierda. Encima se daba el lujo de desperdiciar aceite.
Mantuve la calma, me levanté de a poquito y entré al departamento a cambiarme de ropa. Ya tendría tiempo para agarrarlo desprevenido a ese hijo de puta.
08 enero 2010
Trece
—Che, Turco... —comencé mientras me servía un plato de ravioles.
—Sí, sí, yo no estoy enamorado de vos, ni vos de mí. Ya fue, ya lo sabemos.
—En realidad te iba a preguntar quién es el tipo que está lavando los platos en la cocina... pero me alegro de que las cosas estén claras.
Era tan fácil. Con el Turco siempre era todo tan fácil que me daban ganas de abrazarlo y casarme con él. Así, sin amor, pero con esa comprensión exquisita de cada día.
—Si no estás enamorado de mí, tendré que aceptarlo —dije en medio de un fingido suspiro.
El Turco me tiró un pedazo de pan que me dio en el hombro.
—Sos demasiado perfecta para mí.
—Pfff... ¿perfecta yo? Lucite con algo más elaborado, Turquito.
—Una mujer que se duerme inmediatamente después de tener sexo es una mujer pefecta.
—Abé que eo e medira, ¿ó? —dije con tres ravioles en la boca.
—¿Qué cosa?
—Lo de la mujer perfecta, no existe. Los hombres viven reprochándole a las mujeres eso mismo que buscan en cada mujer. Se quejan de que hablan mucho, de los ataques de celos, que no entiendan de fútbol, que no les caigan bien sus amigos, etcétera. Pero si no hablan o si no celan, se ponen paranoicos. Si les gusta demasiado el fútbol o si se llevan demasiado bien con sus amigos, se sienten invadidos. Eso de que los hombres son simples es todo un mito, son tan rompebolas como las minas, pero sin la fama.
—¿De dónde sacaste eso? —me preguntó aguantando fallidamente una carcajada explosiva—. No conozco un sólo caso así, y aunque fuera cierto, no sé cómo lo verás vos, pero pareciera que los hombres buscaran algo tan simple como una mujer moderada, que no se vaya por los extremos, eso no es ser rompebolas.
—¿Una mujer moderada? ¿Que sea mujer pero no mucho? Que hable pero no demasiado, que cada tanto te haga una escenita de celos pero que no sea en serio, que no le guste el fútbol pero que tampoco le moleste ni se enganche a hacer preguntas estúpidas, que se lleve bien con tus amigos pero que nunca tenga ganas de verlos... ¿Eso es una mujer moderada?
—Bueno, un poco menos también, pero el te...
—¿Y me decís que no son rompe pelotas? Eso es una ilusión, Turco, eso es photoshop.
—No es tan así, Anabella —sentenció aburrido como para dar fin al tema.
—Es que no lo viviste. Ningún hombre te va a admitir que quiere un poco de esa cosa extraña que caracteriza a la mujer y de la que se quejó toda su vida. Pero cuando tienen lo que piden se sienten desatendidos, como las mujeres.
—¿Te volviste feminista o algo por el estilo esta mañana?
—El tema no es posicionarse en un lugar feminista o machista, la cosa es admitir que el ser humano es idiota por naturaleza, es hincha pelotas, y eso no tiene nada que ver con ser hombre o mujer. Son las tres de la tarde, Turco. Es domingo, estoy indispuesta, desempleada y con un casi pariente recién fallecido.
—Tá bien —el Turco me miró un rato esperando que su "tá bien" fuese suficiente para acabar con el tema—, no sos la mujer perfecta.
—Ahora nos entendemos.
Mentira. En realidad tenía ganas de que me diera un buen razonamiento para que toda mi absurda teoría creada en sueños se fuera al carajo. Terminé de limpiar el plato con el pan y se lo entregué al señor que hacía una hora no abandonaba la cocina.
—Es el vagabundo del subibaja, ¿te acordás?
—No.
—Ya te vas a acordar, me lo encontré ayer buscando su lugar después de tanto tiempo y lo invité a casa a tomar algo y hablar de la vida.
—Veo. Y que te limpie un poco de paso.
—Él solito se mandó.
—Bueno, si le dan ganas de lavar ropa todo mi placard está dispuesto. Me voy a pasear con la Luli.
Con "la Luli" me refería a mi pequeña Leicaflex, herencia de la abuela al igual que el resto de mi vida.
—Dale. Che, a la noche vienen Facu y el Cuervo. Acordate de, cuando vayas al baño, desabrocharte el pantalón cuando ya estés adentro.
—Bueeeeeenooooo...
—Sí, sí, yo no estoy enamorado de vos, ni vos de mí. Ya fue, ya lo sabemos.
—En realidad te iba a preguntar quién es el tipo que está lavando los platos en la cocina... pero me alegro de que las cosas estén claras.
Era tan fácil. Con el Turco siempre era todo tan fácil que me daban ganas de abrazarlo y casarme con él. Así, sin amor, pero con esa comprensión exquisita de cada día.
—Si no estás enamorado de mí, tendré que aceptarlo —dije en medio de un fingido suspiro.
El Turco me tiró un pedazo de pan que me dio en el hombro.
—Sos demasiado perfecta para mí.
—Pfff... ¿perfecta yo? Lucite con algo más elaborado, Turquito.
—Una mujer que se duerme inmediatamente después de tener sexo es una mujer pefecta.
—Abé que eo e medira, ¿ó? —dije con tres ravioles en la boca.
—¿Qué cosa?
—Lo de la mujer perfecta, no existe. Los hombres viven reprochándole a las mujeres eso mismo que buscan en cada mujer. Se quejan de que hablan mucho, de los ataques de celos, que no entiendan de fútbol, que no les caigan bien sus amigos, etcétera. Pero si no hablan o si no celan, se ponen paranoicos. Si les gusta demasiado el fútbol o si se llevan demasiado bien con sus amigos, se sienten invadidos. Eso de que los hombres son simples es todo un mito, son tan rompebolas como las minas, pero sin la fama.
—¿De dónde sacaste eso? —me preguntó aguantando fallidamente una carcajada explosiva—. No conozco un sólo caso así, y aunque fuera cierto, no sé cómo lo verás vos, pero pareciera que los hombres buscaran algo tan simple como una mujer moderada, que no se vaya por los extremos, eso no es ser rompebolas.
—¿Una mujer moderada? ¿Que sea mujer pero no mucho? Que hable pero no demasiado, que cada tanto te haga una escenita de celos pero que no sea en serio, que no le guste el fútbol pero que tampoco le moleste ni se enganche a hacer preguntas estúpidas, que se lleve bien con tus amigos pero que nunca tenga ganas de verlos... ¿Eso es una mujer moderada?
—Bueno, un poco menos también, pero el te...
—¿Y me decís que no son rompe pelotas? Eso es una ilusión, Turco, eso es photoshop.
—No es tan así, Anabella —sentenció aburrido como para dar fin al tema.
—Es que no lo viviste. Ningún hombre te va a admitir que quiere un poco de esa cosa extraña que caracteriza a la mujer y de la que se quejó toda su vida. Pero cuando tienen lo que piden se sienten desatendidos, como las mujeres.
—¿Te volviste feminista o algo por el estilo esta mañana?
—El tema no es posicionarse en un lugar feminista o machista, la cosa es admitir que el ser humano es idiota por naturaleza, es hincha pelotas, y eso no tiene nada que ver con ser hombre o mujer. Son las tres de la tarde, Turco. Es domingo, estoy indispuesta, desempleada y con un casi pariente recién fallecido.
—Tá bien —el Turco me miró un rato esperando que su "tá bien" fuese suficiente para acabar con el tema—, no sos la mujer perfecta.
—Ahora nos entendemos.
Mentira. En realidad tenía ganas de que me diera un buen razonamiento para que toda mi absurda teoría creada en sueños se fuera al carajo. Terminé de limpiar el plato con el pan y se lo entregué al señor que hacía una hora no abandonaba la cocina.
—Es el vagabundo del subibaja, ¿te acordás?
—No.
—Ya te vas a acordar, me lo encontré ayer buscando su lugar después de tanto tiempo y lo invité a casa a tomar algo y hablar de la vida.
—Veo. Y que te limpie un poco de paso.
—Él solito se mandó.
—Bueno, si le dan ganas de lavar ropa todo mi placard está dispuesto. Me voy a pasear con la Luli.
Con "la Luli" me refería a mi pequeña Leicaflex, herencia de la abuela al igual que el resto de mi vida.
—Dale. Che, a la noche vienen Facu y el Cuervo. Acordate de, cuando vayas al baño, desabrocharte el pantalón cuando ya estés adentro.
—Bueeeeeenooooo...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)