21 enero 2015

Treinta y dos

—Esto es bueno.
—Sí... los trenes son buenos. Nos gustan.
—Quiero decir... Sería genial poder recorrer el país así, sin destino fijo, sin ahorrar aguinaldos, sin turismo. Como subirte a un 88 a ver hasta dónde llegás, pero evitando autopistas y embotellamientos.
—Si querés llegar a Lobos, sí. Pero la historia argentina ya se ocupó de privar a nuestra generación de la aventura a 40 kilómetros por hora.
—¿En qué estaban pensando?
—Seguro estaban drogados.
—Yo sé que es tema quemado el de todo tiempo pasado fue mejor, pero me cuesta creer a alguien más nostálgico que un argentino. El otro día el Turco me hizo ver Medianoche en París, que está buenísima, pero me hacía pensar lo lejos que estaban los tiempos deseados de los yanquis y parisinos. Acá es como que todo se siente más a flor de piel. No es que no me produzca romanticismo todo eso del siglo pasado, pero me produce más tristeza lo que no alcancé a disfrutar mejor... no sé si se entiende.
—Pasa que los yanquis y europeos formaron sus culturas a partir de sus ganancias. Bélicas, económicas, tecnológicas, bla, bla, bla. Nosotros, sudacas, nos formamos a partir de las pérdidas. Desde el principio de nuestra nación perdimos tierras, posibilidades, industrias, ídolos y esperanzas. Con el tiempo, ya sea ganando, ya sea perdiendo, todo se va complejizando y volviendo más engañoso... las guerras, la economía, la tecnología, la tierra, las ideas. Pero es mucho más fácil extrañar la simpleza del tiempo pasado cuando te la pasaste perdiendo, que cuando te la pasaste creyéndotelá.
—¿En algún punto dirán todos lo mismo, con sus variaciones culturales?
—Sí, seguro. ¿Quienes te creés que somos?
—Nosotros y algunos otros más.

Llevaríamos una hora de viaje, tiempo preciso para dejar de saber dónde nos encontrábamos. La Pola ya había sacado un libro que mantenía cerrado sobre sus piernas esperando un momento más lúcido.
—¿Cuántas horas son hasta Mar del Plata?
—No vamos a Mar del Plata. Este tren llega hasta Carmen de Patagones.
—Genial... ¿qué?
—Perdoná que no te dije nada, pero te ibas a poner nerviosa y me ibas a poner nerviosa a mí y todo junto iba a levantar sospechas. Por suerte, todos estaban tan colgados como vos.
—¿Dónde queda Carmen de Patagones?
—Ni idea, de geografía cero. Pero suena a sur.
—Sí, suena a sur... Frío...
—La próxima estación es Bahía Blanca.
—Ya me parecía raro que hubiera salido tan temprano...
—En realidad, salió tarde. Diez horas de retraso. De ahí la mala onda de la gente.
—Patagones... frío...
Me temblaban las rodillas. Tal vez fueran los nervios, pero además hacía un frío de cagarse, aunque Julieta parecía no notarlo. Se arremangó el único suéter que llevaba, se descalzó y, milagrosamente, sacó un termo y un mate de su ínfima mochila.
—¿Eso es de verdad? —me emocioné, todavía algo atontada por el hielo interno.
—Sí, tenía uno de fantasía pero me lo robó un unicornio mientras me distraían los cronopios del vagón de adelante.
Todavía no habíamos juntado las fuerzas necesarias para estirar las piernas, pero del vagón de adelante llegaba una música de bombos y charangos que todos parecían disfrutar con alegría. Me arrepentí de no haber llevado la guitarra.
El paisaje todavía era mediocre, pero la Pola se abstraía entre mate y mate mirando a través de la ventanilla puntos lejanos a los que nadie más llegaría y sonriendo cada tanto. Me desquiciaba su tranquilidad y empecé a recordar por qué no nos veíamos más seguido.
—Che, ¿por qué no vamos a acoplarnos con los músicos de ahí adelante?
Julieta volvió en sí con un espasmo, me miró seria y con un único gesto me pidió: "por favor, no me hagas sociabilizar en este momento de júbilo divino. Andá vos, hacete amigos nuevos, dejame acá sola con mi principio antisocial y después contame".
—¡Daaale! Cinco minutos sólo. Por la música.
—Cinco minutos —se resignó al ver que no funcionaba su mirada de gato con botas.
—Tal vez hasta sean de la buena gente...
—Genial. Me gusta de la buena, lo que me molesta es la gente.
—¿Una sonrisa?
Julieta me mostró los dientes y abandonamos el vagón.

Cruzar al siguiente fue como pasar por la puerta del tronco de un árbol en medio de un bosque silencioso y lúgubre, a un circo Carrolliense. Seis pares de asientos enfrentados albergaban a la que parecía la familia más numerosa y feliz del norte argentino. Me paralicé en el medio del pasillo al ver tantos chiquilines señalando asombrados edificaciones modestas por la ventana, ancianos contadores de historias, jóvenes cantores y padres despreocupados. Fue como encontrar a mi propia familia pero en una versión más criolla y con menos estupefacientes. Contra todo pronóstico, Julieta se entusiasmó en seguida, tal vez por la misma razón que me intranquilizó. A ella le caía bien mi familia.

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